La gripe Española en Bogotá

La pandemia de influenza o epidemia de gripa que se presentó en el mundo entre 1918–1919 causó la mayor mortalidad en la historia, en corto tiempo. Se estima que posiblemente hasta 50 millones de personas fallecieron en menos de un año. Los historiadores de Europa y Estados Unidos registran tres oleadas, con mayor impacto en octubre y noviembre (80% de la mortalidad), que afectaron la población económicamente activa.

Bogotá a 2.600 metros sobre el nivel del mar, con una temperatura media de 14ºC, contaba, una población de 141.639 habitantes. El alcalde de la ciudad se llamaba  Santiago de Castro y fue quien tuvo que enfrentar la emergencia. La reciente industrialización había traído una creciente migración hacia la ciudad, por lo que el 42% de la población se encontraba en los barrios altos o barrios obreros, asentados sobre las faldas de los cerros de Guadalupe y de Monserrate entre las calles 36 y 26, en lo que hoy denominamos La Perseverancia y quienes mantenían un estado terrible de insalubridad:

“En Bogotá se carece de lo más indispensable en asuntos higiénicos, y cualquier localidad de cuarto orden del extranjero se encuentra mejor preparada para contrarrestar las calamidades públicas”.

En estos nuevos barrios obreros, las condiciones de pobreza y hacinamiento intensificaron la mortalidad y a principios de octubre se registra la aparición de la pandemia. Sus residentes no podían económicamente, acudir a un médico, sufragar los gastos en un centro hospitalario o adquirir los remedios, que si podían consumir las clases más favorecidas.

El 80% de la población bogotana enfermó de gripa, lo que según proyecciones de población, representó 100.000 enfermos durante el mes de octubre y la primera mitad de noviembre de 1918.

La Carreta Macabra recorría los barrios obreros recogiendo los muertos para llevarlos al cementerio

“la persona afectada se sentía repentinamente enferma: fuerte cefalea, dolores musculares y articulares, marcada postración y fiebre, que algunas veces alcanzaba los 40 grados centígrados. También podía producirse conjuntivitis, catarro, erupciones en la piel y nauseas. Se observaron además hemorragias nasales o epitaxis que serían una característica de la infección”

Bogotá, en temporada de frío y lluvias, se paralizó por la gripa:

“Las oficinas públicas, los colegios, la universidad, las chicherías, los teatros y las iglesias estaban vacías; los servicios urbanos se colapsaron; la policía, el tranvía, el tren y los correos se paralizaron, porque la mayoría de policías, operarios, curas, alumnos, profesores y empleados enfermaron: se suspendieron todos los espectáculos públicos, y las calles de la ciudad, especialmente en la noche estaban casi desiertas”.

Cuando comenzaron a caer las víctimas mortales, todo tipo de medidas fueron aplicadas. La ciudad se consagró al santo de los agripados, San Roque y se hacían sahumerios de incienso con agua de alhucema y ramas de eucalipto.

“la absoluta carencia de toda higiene y todo recurso en las clases bajas, unida a la falta de todo eficaz servicio de asistencia pública en la ciudad, han sido circunstancias propicias para la propagación de la epidemia y ella terminara por despoblar nuestros barrios pobres”

La alcaldía habilitó a los presos y a los obreros municipales como enterradores pues los sepultureros cayeron víctimas de la gripa. La gente caía muerta en la calle. Se dice que 100 fallecían diariamente. No se hacían levantamientos de cadáveres, sino los muertos eran entregados en la puerta del cementerio. No se podían hacer ceremonias religiosas, estas se hacían después, sin el cuerpo presente para honrar la memoria del fallecido y el ingreso al campo santo quedó prohibido puesto que se temía otra epidemia infecciosa. Las iglesias recibieron instrucciones de no repicar las campanas para evitar el pánico entre la población.

La Dirección Nacional de Higiene y la Dirección Municipal de Higiene fueron incompetentes e incapaces de contener la epidemia y no fue hasta que los ricos, por medio de un organismo privado, la Junta de Socorros, realizó acciones efectivas con los afectados.  Entonces la junta de notables se organizó para auxiliar a los más pobres, pues al no tener medios para enfrentar la epidemia y su mala alimentación y condiciones de vida, los hizo presa fácil, ensañándose con los más necesitados.

Luis Eduardo Nieto Caballero, Eduardo Santos, Gabriel Camacho, Miguel López Pumarejo y Pepe Obregón, entre otros, organizaron en un coche de resorte, dotado de una campana, para recoger frazadas, medicamentos, ropa y jabón, entre los comerciantes y las gentes pudientes.

Para financiar la emergencia, la junta sugirió reemplazar las coronas mortuorias por sufragios finamente impresos con el título In Memoriam, que fueron vendidos en elegantes almacenes y en casas de familia.

Más de mil doscientos bogotanos cayeron víctimas de la pandemia de 1918.

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