1972, Campamento para el entrenamiento de guerrilleros en Punto Cero, Guanabo al este de la Habana. De izquierda a derecha: Enrique Haroldo Gorriaran Merlo del ERP;  Domenico Menna del ERP; Carlos Goldenberg  de la FAR y luego MONTONEROS; Víctor Fernández Palmeiro del ERP 22; Mario Roberto Santucho del ERP; Marcos Osatinsky  del al Far luego MONTONEROS; Ana Weisen del la Far y luego MONTONEROS; Alejandro Enrique Ferreyra Beltrán del ERP; Roberto Quieto  de la Far y luego MONTONEROS; Fernando Vaca Narvaja  de MONTONEROS

El Atractivo de la Revolución Cubana

Tomado de Yanquis y Latinos 200 Años de Mariano Ospina Peña

El Sargento Fulgencio Batista, un dictador atroz

El Sargento Fulgencio Batista, un dictador atroz

La popularidad de la Revolución Cubana en América Latina se basaba principalmente en los logros concretos de los primeros años. Como primera medida, la victoria de Castro sobre el ejército de Batista, luego, el haberse soltado del asfixiante yugo del dominio estadounidense y por último, el establecimiento de cambios drásticos en la economía y sociedad cubana en beneficio de las masas, básicamente la reforma agraria. Otro ingrediente que hacía de la poción cubana irresistible, era el estilo de la revolución, el carisma de su líder, el apoyo visible y entusiasta de la mayoría de los cubanos por Fidel, el carácter de David y Goliat del reto de Fidel a los Estados Unidos y el ímpetu de las políticas y programas revolucionarios. Esta aptitud y gracia no solo contribuyó grandemente en el impacto inicial de la revolución en América Latina, sino que además logró sostener su popularidad aún después de que los primeros logros fueran eclipsados por la pérdida de independencia con la Unión Soviética, los pésimos resultados económicos y la prolongación de la dictadura personal de Fidel Castro.[1]

Fidel también estaba muy consciente del valor en el estilo de vender su revolución en el exterior. Durante la lucha contra Batista había, repetidamente, demostrado su maestría en relaciones públicas y una vez en el poder, el uso de la televisión, símbolos y su fuerza carismática, le ayudaron mostrar la revolución en la forma más positiva. Castro anunciaba sus políticas más importantes en escenarios simbólicos con discursos dramáticos. Los periódicos, las revistas y la publicación de libros se colocaron al servicio del estado y de las necesidades de publicidad de Castro, con gran parte de su producción con fines de exportación. Radio Habana hizo una sección especial para emitir no solo en español y portugués, sino en lenguas indígenas como el quechua y aymara. No se perdía oportunidad de llevar a la isla grupos de estudiantes, sindicatos y otros para jactarse del paraíso socialista en el trópico.[2]

A partir de marzo de 1962, los cubanos estaban muy atentos en la preparación de grupos de partisanos que serían enviados a hacer la revolución en otras naciones latinoamericanas. Todo se hacía a espaldas de los soviéticos en la isla. Los cubanos querían entrenar una gran cantidad de guerrillas a la mayor brevedad posible. Castro mantenía una supervisión general, pero todo el verdadero trabajo recaía sobre la inteligencia cubana, quienes se encargaban de reclutar candidatos adecuados por medio de sus estaciones en América Latina. Después supo la KGB, que los líderes cubanos habían decidido no suministrar a Moscú, el número de partisanos, su entrenamiento y hasta los nombres de los instructores.[3]

Los yanquis se tomaron Cuba en 1898

Los yanquis sacaron a España de América y se tomaron Cuba, Puerto Rico y las Philipinas en 1898 y ese mismo año anexaron Hawaii

No era casualidad la aparición en 1961 del Ejército de Liberación Nacional ELN en Nicaragua, luego convertido en el Frente Sandinista de Liberación Nacional. En 1962 en Venezuela, de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional FALN, auspiciadas por los comunistas; algo antes en Guatemala se formó el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre y luego las Fuerzas Armadas Rebeldes FAR; en Colombia se formaron las autodefensas comunistas del Pato, Riochiquito, Guaybero y Marquetalia, luego convertidas en el Bloque Sur y por último en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. En Perú, de los focos posteriormente salen dos grupos, el Ejército de Liberación Nacional ELN y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR. A Bolivia llegó el mismo Che Guevara con el fin de hacer la revolución.[4] Al transcurrir la década de los años 60’s, se formarían más grupos de guerrillas, todas entrenadas y armadas por los cubanos.

Fidel Castro padre de las guerrillas terrorismo en América Latina

Fidel Castro orgulloso padre de las guerrillas y terrorismo en América Latina

Dentro del impacto de la revolución cubana, el más importante es el momento del nacimiento de los movimientos guerrilleros, que coincide con la Revolución Cubana. Un grupo enorme de latinos hicieron el viaje a Cuba, la cual llego a asemejar una Meca revolucionaria, donde guerrillas potenciales se preparaban espiritualmente y entrenaban militarmente para la lucha sediciosa. El impacto de estos viajes era especialmente fuerte cuando un grupo de personas visitaban y entrenaban juntos, para retornar a su país de origen, como un grupo, con el fin de seguir el “Sendero Cubano”. Esa es precisamente la historia del ELN colombiano y la mal terminada aventura peruana de 1963 de Javier Héraud en Puerto Maldonado. Todos los grandes movimientos guerrilleros de la región latinoamericana aparecieron después de la confrontación cubano-estadounidense y tras la proclama de una Cuba socialista en abril de 1961, del Presidente Oswaldo Dorticós.[5]

Según los cálculos de Che, Latinoamérica estaba ya madura para la revolución. En 1960 los latinos eran 208 millones con un 56% de población rural habitando villorrios de 2000 habitantes o

Ernesto "Che" Guevara y Fidel Castro

Ernesto “Che” Guevara y Fidel Castro

menos. Pero la población rural no era pareja en toda la región. En Argentina, solo el 20% de la población era rural, 21% en Uruguay y 30% en Chile. En contraste Haití, Honduras y Guatemala tenían 83, 70 y 67%. Por lo general la tenencia de tierra en América Latina se caracterizaba por los grandes latifundios coexistiendo con minifundios. En Chile el 7% de las haciendas ocupaban el 81% de las tierras, mientras el 37% de las fincas, solo ocupaban 0.2%. En Brasil el 60% de la tierra estaba en manos del 5% de los propietarios, mientras el 23% solo tenían el 0.5%. En Guatemala el 0.1% de los propietarios tenían el 41% de las tierras y el 88% de propietarios tenían apenas el 14%. Lógicamente estas cifras excluyen los jornaleros sin tierra. Las grandes excepciones eran México y Bolivia por las revoluciones de 1910 y 1952 respectivamente. Costa Rica por su parte también había logrado, por su cuenta, cierto equilibrio en la tenencia de tierras. Las condiciones de las grandes masas sin tierra variaban según los países, e incluso regiones. En Argentina, Uruguay, la costa peruana o los distritos bananeros centroamericanos, existían salarios mínimos e incluso sindicatos de trabajadores. Claro, que por lo general las condiciones salariales y de vida eran inferiores a las condiciones urbanas. En cambio en las sierras del Ecuador y Perú, los sistemas de huasipungueaje y pongueaje estaban muy arraigados. Allí los trabajadores de las haciendas más atrasadas, no solo debían casi todo su tiempo laboral al patrón a cambio de derechos mínimos para cultivos o pastoreo, sino también tenían obligación de servicio personal en sus viviendas rurales o urbanas. En algunos casos, muchos de estos trabajadores eran virtualmente esclavos. En Chile existía el inquilinaje, sin ser tan brutal como el ejercido contra los indígenas pero aún así, muy explotador.[6]

Los jornaleros sin tierra, con excepción de aquellos empleados por el sector moderno, eran los más marginados de América Latina. Para la mayoría de los jornaleros, la participación política no existía o nada significaba. Alfabetismo o requisitos de tenencia de tierra, o simplemente la ausencia de registradurías en los distritos rurales, les privaban del derecho al voto y representación. Cuando se requería de un gran volumen de votos conservadores para hacer contrapeso a los votos urbanos, los terratenientes registraban a sus trabajadores y dependientes y les dictaban el voto.[7]

Ramiro Valdes

Ramiro Valdes

La continua marginalización de las masas rurales era crucial en el statu quo de la política nacional así como en la indiscutido control de la tierra y el trabajo de los terratenientes. Si estas obtenían acceso al voto libre como resultado de presiones sindicales o por medio de la adquisición de tierra, las masas rurales debilitarían y minarían el desproporcionado poder en la política nacional de los terratenientes. Si los departamentos andinos del Perú, los estados del noreste brasilero o las provincias del valle central chileno, no lograban elegir terratenientes conservadores o sus sustitutos al congreso nacional donde tradicionalmente disfrutaban del poder del veto o al menos tenían la posibilidad de diluir políticas adversas por medio de coaliciones políticas e intercambios, los representantes más progresistas de las ciudades prevalecerían sin duda, sacrificando los intereses de los terratenientes.[8]

Así la situación se convertía en un círculo vicioso: la falta de acceso a tierras y sindicatos, mantenía a los pobres rurales sin representación; la falta de una efectiva participación política los mantenía en la pobreza, sin tierras y a merced de los terratenientes. La influencia de la Revolución Cubana inspiró a los fidelistas y reformadores, así como a las masas a romper este punto muerto; amenazaba no solo a los terratenientes con la pérdida de sus tierras, sino con la pérdida de su tradicional poder político basado en la exclusión. Esto a su vez causaría la disminución e incluso el colapso del poder electoral en los niveles nacionales, amenazando los intereses de todas las elites en todos los sectores económicos.[9]

Ese mismo mes de marzo, llegó a Moscú Ramiro Valdés, el Ministro del Interior cubano y solicitó formalmente a la Unión Soviética organizar en Cuba una central de inteligencia con el fin de dar apoyo activo a los movimientos revolucionarios de América Latina. Valdés afirmaba que Castro consideraba que ya era el momento para lanzar una ofensiva. En febrero el mismo Castro anunció que era el deber de todo revolucionario, hacer la revolución. Los rusos tenían información fragmentada sobre una nueva posible agresión estadounidense contra la isla, esta vez con sus fuerzas armadas. No era el momento. ¿Qué pasaría si los estadounidenses descubrían un campo de entrenamiento revolucionario soviético en Cuba?[10]

La KGB le dijo no a Valdés. Y lo hizo de forma tan insincera y falsa, que Valdés supo de inmediato que Castro había sido despreciado.

Nosotros no ayudamos los movimientos de liberación nacional”, le informó la KGB al ministro cubano, “la KGB solo recoge inteligencia”.[11]

Unos días más tarde, ya en la Habana, los cubanos se burlaban de la falta de voluntad de la KGB en dedicarse a acciones encubiertas para apoyar el entrenamiento de guerrillas y por lo tanto el mismo Valdés le informó a Aleksandr, que Castro había decidido continuar por su cuenta. Prefería el apoyo soviético, pero si ellos no estaban dispuestos en tomar el riesgo, eso no lo detendría.[12]

Fidel se aseguró, a través de Aleksandr, que el gobierno soviético entendiera que Valdés hablaba por él. El gobierno cubano sentía impaciencia de iniciar el movimiento revolucionario en Latinoamérica. Si Moscú no deseaba participar, los soviéticos tendrían que responder a sus propias conciencias como revolucionarios. Hasta donde concernía a Castro, la revolución era un imperativo categórico:

Vamos a ayudarle a los partidos comunistas y otros partidos progresistas en esos países para preparar la lucha partisana. En dos o tres años una tormenta revolucionaria caerá sobre Latinoamérica  y los comunistas deben estar preparados para encabezarla.”

Aleksandr le expresaba su preocupación por la reacción estadounidense, pero Fidel argüía que al contrario. El hacer la revolución tendría el efecto opuesto en Washington. En vez de provocar una invasión, trancaría los ímpetus de Kennedy porque los Estados Unidos jamás intervendrían, si Latinoamérica estaba convulsionada. Por lo visto, ganaba Che y perdía Moscú. [13]

Fidel no se sentía satisfecho de escapar de la garras del águila estadounidense para caer en el abrazo del oso soviético. A pesar de su dependencia económica y militar a la Unión Soviética, Fidel trataba de ejercer una política exterior independiente. La mayor desviación de la línea soviética fue este activo apoyo a la revolución en Latinoamérica, una política que iba en contra de la tradicional aproximación soviética de trabajar gradualmente para crear partidos comunistas y aliados con el fin de hacer la revolución en el futuro. Adicionalmente a la exhortación para la movilización de los revolucionarios, Fidel ofrecía ayuda material, entrenamiento y financiación a los grupos insurreccionales latinos.[14]

Con los Estados Unidos redoblando esfuerzos para convencer a la OTAN y el resto de Latinoamérica, que la obsesión de Kennedy con Castro era racional, Castro insistía en ayudarle y darle la razón al presidente estadounidense. Y no era que Khrushchev no apoyara los movimientos de liberación, por el contario, en el Kremlin era conocido como el que más apoyaba los movimientos nacionales de liberación. Lo que Castro no entendía era, que no era el momento. El Kremlin necesitaba consejo sobre cómo manejar a Castro. Como hacerle reducir el paso, bajarle el ritmo a la revolución, hasta que al menos, ellos le hubieran podido preparar el ejército cubano lo suficientemente fuerte, para disuadir una invasión estadounidense.

[1] Thomas C. Wright, “Latin America in the Era of the Cuban Revolution”, Praeger Publishers, Westport Ct. 2001

[2] Ibíd.

[3] Aleksandr Fursenko, Timothy Naftali, “One Hell of a Gamble: Khrushchev, Castro and Kennedy 1958-1964”, W.W. Norton & Co. Inc., Nueva York, 1997.

[4] Timothy P. Wickham-Crowley, “Guerrillas and Revolution in Latin America”, Princeton University Press, Princeton New Jersey, 1992

[5] Ibíd

[6] Thomas C. Wright, “Latin America in the Era of the Cuban Revolution”, Praeger Publishers, Westport Ct. 2001

[7] Ibíd.

[8] Ibíd.

[9] Ibíd.

[10] Aleksandr Fursenko, Timothy Naftali, “One Hell of a Gamble: Khrushchev, Castro and Kennedy 1958-1964”, W.W. Norton & Co. Inc., Nueva York, 1997

[11] Ibíd.

[12] Ibíd.

[13] Ibíd.

[14] Thomas C. Wright, “Latin America in the Era of the Cuban Revolution”, Praeger Publishers, Westport Ct. 2001