“no es cosa de cuidado, que la mar era ancha, diversos sus rumbos”

El San José fue diseñado por Francisco Antonio Garrote y construido por Pedro de Aróstegui en el astillero de Mapil, Usurbil de España. La construcción comenzó en 1697 y terminó en 1698. Se construyeron dos barcos gemelos el San José y el San Joaquín.

El San José y el San Joaquín formaron parte de la Flota de Tierra Firme española durante la Guerra de Sucesión de España, bajo el mando del general José Fernández de Santillán, Conde de Casa Alegre, un experimentado general de la armada de 67 años.

El galeón San José, nave capitana de la Flota de Tierra Firme, partió junto al San Joaquín, nave almiranta y el Santa Cruz de 44 cañones, escoltando veintiséis buques mercantes desde Cádiz el 10 de marzo de 1706 con destino a Cartagena de Indias.

La Flota de Tierra Firme abastecía a Suramérica de todas las importaciones españolas (las colonias solo podían comerciar con España), y los comerciantes del Perú se desplazaban en una flotilla a Ciudad de Panamá y de allí por tierra a Portobelo, donde se celebraba una fabulosa feria para intercambiar la plata y el oro peruanos por los bienes aprovisionados por la Flota.

En mayo llega el galeón a Cartagena, con la idea de dirigirse a Portobelo, a celebrar la feria de intercambios por los tesoros que provenían del Virreinato del Perú.

El Comodoro británico Charles Wagner había partido de Europa en enero de 1707 siendo destinado a Jamaica con órdenes de hostigar los buques españoles y franceses, así como proteger el intercambio de los buques mercantes británicos. Arribó a Kingston el 22 de junio. Se sabía que una escuadra francesa bajo el almirante Jean-Baptiste du Casse venía de Europa, por lo cual las ordenes iniciales de Wager fueron las de obtener inteligencia sobre sus movimientos.

La partida a Portobelo del San José se demoraría dos años puesto el general José Fernández de Santillán debía esperar noticia de Lima. Finalmente zarpó el 2 de febrero de 1708, acompañado de la flota de protección. El 10 de febrero estaba anclando en Portobelo.

En diciembre, Wagner supo que, du Casse había ido a La Habana con sus nueve navíos de alto bordo, quienes debían acompañar a los ricos galeones de las flotas de México y Tierra Firme, por lo tanto la escuadra francesa no podía aparecer sorpresivamente en Jamaica, ni proteger los galeones de la Flota de Tierra Firme española y lo más probable es que los galeones españoles continuarían la rutina de cargar los tesoros americanos en Portobelo, regresar a Cartagena de Indias, aprovisionar para continuar viaje a la Habana y de allí a España, por lo tanto se le presentaba la oportunidad de interceptarlos una vez cargados. Era costumbre repartir los botines con el Rey, por lo tanto el interés en la captura del San José era grande.

A bordo del Expedition con 70 cañones, escoltado por el Kingston con 60 cañones y el Portland con 50 cañones, además de un brulote (una embarcación incendiara cargada de materiales explosivos, combustibles e inflamables), salieron de Port Royal llegando el 23 de mayo de 1708, a unos 36 kilómetros al oeste de Cartagena, cerca de las Islas del Rosario.

Dos fragatas francesas llegan a Portobelo para reforzar los galeones y, sobre todo, con un mensaje del almirante Jean-Baptiste du Casse desde La Habana que urgía la presencia del general Fernández de Santillán con el fin de partir para Cádiz.

La presencia de los británicos es conocida y Fernández de Santillán no puede dirigirse directamente a la Habana puesto los barcos, incluido el San José hacían agua y no estaban en condiciones de emprender esa larga jornada sin reparaciones y aprovisionamientos.

Al considerar la urgencia de llegar a La Habana, embarcan el 28 de mayo los tres galeones y su convoy de 14 mercantes, algunos medianamente artillados hacia Cartagena de Indias.

El estandarte real en el árbol mayor es la señal para que, mientras se llamaba a zafarrancho de combate, todos tomaran su estación según lo dispuesto por Casa Alegre desde Portobelo: el Santa Cruz en la vanguardia, seguido por un par de mercantes artillados; el San José al centro, con dos de rellenos en su estela; y en la retaguardia, el San Joaquín. Detrás de las banderas irían el resto de los mercantes. A eso de las 5 y media, los ingleses se acercan decididos a batirse. “Un hombre que no pelea por un galeón no pelea por nada”, diría Wager más tarde, significando la gloria y la riqueza que se desprendían de la captura de un galeón de la plata.

El Kingston es el primero en romper fuegos contra el San Joaquín, ya casi a tiro de mosquete. Intercambian descargas “con el mayor denuedo que es imaginable”. Wager, mientras tanto, a barlovento y “más ligero andando”, sale en busca de la capitana. Al caer el sol, el Expedition y el San José se lían a cañonazos, disparando alternativamente varias descargas, aunque el inglés, más rápido en rotar la artillería, sale mejor librado.

La capitana explota, quizá herida en la pólvora de la santabárbara, a eso de las siete y treinta u ocho de una noche de luna. Desde diversos ángulos de la batalla se alcanza a percibir un incendio sin estrépito, que los testigos describen, a pesar de que al principio “no se pudo distinguir en qué bajel sucediese”. Los que combatían a su lado sí se dan cuenta de la magnitud del desastre. La ida a pique dura “el breve tiempo en que se pudiera rezar un credo”, con “clamor de mucha gente”, pero, “desvanecido con el aire el humo”, no se “vio la menor reliquia del naufragio”. El San José se hunde en un santiamén.

Todo sucede tan rápidamente que tres marineros recogidos por el Expedition confiesan al ser interrogados “no saber más que haberse hallado de repente en el agua”. Al día siguiente, nueve náufragos flotan aferrados a un muñón del palo de trinquete, que es todo lo que resta de la Capitana. En total son apenas 14 los sobrevivientes. Por el censo de su gemelo el San Joaquín de Miguel Agustín de Villanueva, que consigue entrar a puerto con la mitad del tesoro y trece mercantes, se estima que San José transportaba alrededor de 400 pasajeros y 250 oficiales, tripulantes y soldados. El hacinamiento debía ser muy grande porque el San José, de tres puentes y un castillo de popa, medía 35 metros de eslora y 11 de manga (largo y ancho).

Rodolfo Segovia

El San José fue hundido en batalla frente a las Islas de Rosario estando cargado de oro, plata y esmeraldas por un valor aproximado de mil millones de dólares (662 millones de libras) según datos de 2012.

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