Porfirio Díaz gobernante de México

Al comenzar el otoño de 1910, ni el jugador más avezado habría apostado de la probabilidad del inicio de la primera revolución del siglo XX. Hasta entonces, en México, el año había sido tranquilo.

Porfirio Díaz gobernante de México

Pocos habían escuchado del oscuro San Porfirio, un griego del siglo IV cuya fiesta caía el 15 de septiembre, el mismo día del cumpleaños del muy conocido Porfirio Díaz, Presidente y gobernante absoluto de México durante los últimos 34 años.

Francisco Madero, un millonario de Coahuila, propuso la organización de un partido político democrático bajo el slogan:

“Sufragio efectivo, no reelección”

Francisco Madero

Meses antes había publicado el exitoso libro, “La Sucesión Presidencial en 1910”. Era una respuesta a la entrevista que el Presidente Porfirio Díaz había concedido al periodista estadounidense James Creelman para Pearson’s Magazine. La primera edición de 1909, se agotó de inmediato. El libro según el diagnóstico de Madero, enumeraba los males que aquejaban a México y su remedio. Su análisis, era que el poder absoluto, concentrado en un solo hombre siempre era negativo y tenía consecuencias lamentables. Afirmaba que Porfirio había alcanzado la primera magistratura basado en la no reelección, que obviamente tras 34 años, se había incumplido. Aceptaba también, que tenía grandes logros, y había hecho progresos económicos, pero también veía las fallas del sistema. Estas comenzaban por la esclavitud de los indios yaquis, la represión a los huelguistas en Cananea, los niveles nacionales de analfabetismo, las adulaciones y favorecimiento a la Standard Oil y otras empresas estadounidenses y todo el sistema de centralismo autocrático, y lógicamente atacó la forma de hacer política de Porfirio. Hacía ver como cada una de las tendencias, llevaba a consecuencias negativas en el individuo. Por el otro lado, el remedio era, según Madero, muy sencillo, regresar a la constitución de 1857, con elecciones serias, justas, y sin reelección, con el slogan “sufragio efectivo, no reelección”.

Francisco y Porfirio se encontrarían y cada cual entendería que su opositor era fuerte. Porfirio entendía que debía sacar del camino a Francisco y Francisco que Porfirio no garantizaría elecciones limpias. En la convención de su Partido Anti reeleccionista fue elegido candidato presidencial y desde entonces Francisco advertía, aunque no era un hombre violento, que solo una revolución podría sacar al dictador del poder. Su candidatura se disparó y recibía un apoyo cuantioso en cada sitio donde se presentaba. Así Porfirio lo hizo detener en San Luis Potosí. Desde la cárcel, en el mes de junio se celebran los comicios electorales que lógicamente pierde Francisco. Seguro del fraude electoral que le había usurpado la victoria, Francisco desde la cárcel, hizo planes para un levantamiento general que iniciaría el 20 de noviembre.

Se le atribuye a Porfirio:

pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos

Dicho cual comprendía a cabalidad. Al ver como México se estabilizaba a punta de pistola, los inversionistas estadounidenses inundaron el país. Algunos de los nombres: Hearst, Guggenheim, McCormick y Doheny. Los mexicanos rápidamente se familiarizaron con Standard Oil, Anaconda, United States Steel y muchas otras corporaciones estadounidenses. Pronto los yanquis eran propietarios del 75% de la minería, la mitad de los pozos petroleros y también habían diversificado en azúcar, café, algodón, y en las provincias del norte, Sonora y Chihuahua, ganado. De tres mil millones de dólares en inversión extranjera, el 39% era yanqui. Esta equivalía a mil millones más que el capital nativo de los propios mexicanos. Los británicos tenían otro 29% con inversiones en minería, banca y petróleo. Pero las naciones anglo sajonas no eran los únicos inversionistas extranjeros, también estaba Francia que controlaba la industria textil, y los detestados españoles o gachupines dominaban la industria tabacalera y el comercio. Aunque los inversionistas extranjeros no eran queridos por los mexicanos, el sistema judicial de Porfirio les favorecía ampliamente, y se decía en forma jocosa, que solo los gringos y los toreros lograban justicia en los juzgados mexicanos. Desdeñando la ciudadanía, los inversionistas extranjeros vivían en esplendido y lujoso aislamiento, repatriando inmensas utilidades y asegurando a sus connacionales, los privilegios gerenciales de sus empresas. A toda queja en contra de estas sanguijuelas, Porfirio respondía lo mismo:

los extranjeros se necesitan para hacer de México una nación moderna porque nosotros no tenemos el know how”

Los extranjeros que tantos beneficios recibían de Porfirio y poco entregaban a la nación mexicana, se esmeraban en elogios para el Presidente mexicano. Andrew Carnegie le llamó el Moisés y Josué de su pueblo, según Cecil Rhodes era el faro de la civilización, Elihu Root ya le había denominado, candidato para héroe de la humanidad y hasta el novelista ruso, León Tolstoy, de él decía, era un genio político.[1]

No solo los yanquis alcanzaban el favor de Porfirio, también lo hacían algunos pocos mexicanos. Las corporaciones domésticas de bienes raíces recibían un tercio de todas las tierras peritadas, siendo que las tierras públicas en este momento componían una cuarta parte del territorio nacional. En Baja California cuatro plutócratas tenían en propiedad más de doce millones de hectáreas, en Chihuahua la familia Terrazas adquirió siete millones de hectáreas; sólo 3.000 familias eran dueñas de casi la mitad de México y una quinta parte del país estaba en manos de diecisiete personas.[2]

El padre de Madero pagó una cuantiosa fianza para que a Francisco se le permitiera, de día y bajo vigilancia, cabalgar en los alrededores de San Luis Potosí. En una de sus acostumbradas cabalgatas, el 4 de octubre, Francisco huyó hacia los Estados Unidos. Desde San Antonio, Texas, proclamó el Plan de San Luis Potosí que declaraban nulas las elecciones presidenciales, se declaró el verdadero Presidente mexicano, llamó a la desobediencia civil, propuso su nombre como presidente provisional, prometía la restitución de tierras a las aldeas y comunidades indígenas y una amnistía para los presos políticos. Llamó a la revolución armada que debía iniciarse a las 6pm del 20 de noviembre. Solo faltaba que la respuesta nacional fuera cuantiosa. Sus agentes habían reclutado dos muy importantes seguidores, Emiliano Zapata en Morelos y Francisco “Pancho” Villa en Chihuahua.

Para su octogésimo cumpleaños en 1910, el Presidente de México, Porfirio Díaz se sentía relajado y complacido sobre los logros de su aparente perpetua presidencia. Los ingresos del gobierno federal alcanzaban los 110 millones de dólares y los de los gobiernos estatales 64 millones. Desde 1894 el gobierno había acumulado 136 millones que se mantenían como reservas en la tesorería. El crédito de México era muy apreciado en el intercambio internacional y Díaz podía sostener que, 34 años de estabilidad había generado esta solida economía. En los tiempos de Santa Ana y Benito Juárez siempre existía el déficit, nunca hubo un superávit. El avance económico era gigantesco.

Para la doble conmemoración, el país se embarcaba en una celebración de un mes, con inmensos gastos en fiestas, banquetes y danzas, todo equivalente a un año del presupuesto educativo. La Ciudad de México, con su casi medio millón de habitantes, había presenciado, con diez mil participantes, un fastuoso desfile representando la historia mexicana desde los aztecas hasta Díaz. La cena oficial eran 10 platos principales servidos en vajilla de plata (de la era del Emperador Maximiliano) y dos postres servidos en platos de oro sólido.[3]

Francisco “Pancho” Villa

El 20 de noviembre Pancho Villa tomó su cuadrilla y se unió a Cástulo Herrera y rápidamente la revolución se prendió en todo el estado de Chihuahua. Pronto desbancó a Herrera como líder y se unió a Pascual Orozco. Las acciones de estos dos, abrieron el paso para que Madero pudiera ingresar a México con 130 hombres, el 14 de febrero de 1911 con el fin de evadir una orden de arresto contra él, que el gobierno yanqui había emitido, por romper las leyes de neutralidad estadounidenses.

Al llegar el mes de abril, la revolución mexicana ya cubría 18 estados. Porfirio en su desesperación ofreció una reforma agraria y la purga de su detestado gabinete. Mientras tanto el Presidente Taft había ordenado el desplazamiento de 20 mil efectivos a la frontera mexicana, advirtiendo que la destrucción de propiedad y vidas estadounidenses sería atendida con una retaliación masiva. Taft se preparaba, de considerarlo necesario, para una intervención militar en México.

Simultáneamente ya el sur de México estaba también incendiado con el ánimo revolucionario y tenía un nuevo líder, Emiliano Zapata. El ascenso de

Emiliano Zapata

Zapata fue meteórico. Su fama e influencia creció como la espuma. Pronto los estados de Puebla, Tlaxcala, México, Guerrero y Michoacán estaban bajo su control.

Al comenzar el mes de mayo, Madero y sus rebeldes, Villa y Orozco se habían tomado Ciudad Juárez, la cual Madero denominó su capital temporal y nombró un gabinete interino, que incluía a Venustiano Carranza como ministro de guerra. La población capturada representaba grandes ventajas para los rebeldes. Estando sobre la frontera donde cruzaban el río Grande para llegar a El Paso en Texas, así tenían los importantes ingresos arancelarios de la ciudad y además su proximidad a la frontera, les permitía fácilmente adquirir los materiales, suministros y armas necesarias en Estados Unidos.

En Ciudad Juárez, Madero permitió que Carranza, sin experiencia, hiciera las negociaciones para finiquitar el porfiriato. Madero finalmente redactó un acuerdo que firmaron con el dictador el 21 de mayo, en que exigía el retiro de Porfirio. Pero este logró negociar, que el ejército seguiría sin cambios, no habría purgas, además de permanecer en sus puestos, toda la burocracia estatal. 14 gobernadores serían maderistas y las tropas federales debían retirase del norte. Su Ministro de Guerra, Carranza le advirtió que la renuncia de Díaz, sin desmantelar el sistema que había impuesto, era un error grave ya que reconocería la legitimidad del porfiriato y dejaría a los partidarios de Porfirio listos para contraatacar la revolución. El 25 de mayo, renunció Díaz y se exilió en París. La revolución mexicana había por fin logrado derrocar la dictadura de 34 años, pero lamentablemente, solo se había alcanzado el fin de la primera etapa de la guerra. El gobierno temporal llamó a elecciones generales para octubre.

Francisco Madero ganó fácilmente las elecciones mexicanas y se convirtió en el Presidente de la República. Rápidamente fue reconocido su gobierno por el Presidente Taft. Sin embargo la lucha entre los mismos revolucionarios continuó, además de disturbios con levantamientos de la antigua clase gobernante, obligando al Presidente Madero a someter las revueltas. El Embajador estadounidense, Henry Lane Wilson no aprobaba del Presidente Madero. Estaba convencido que era un líder débil. Afirmaba que:

Madero cree que el pueblo mexicano debe ser gobernado con bondad y amor, lo que en mi juicio denota un incapacidad en comprender la situación.”

 

Regresar

[1] Frank McLynn, “Villa and Zapata”, Carroll & Graf Publishers, Nueva York, 2001

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.