Por Armando Gómez Latorre

No pertenece a la galería procera de la Patria Boba. Tampoco al martirologio de la primera república granadina. Ni mucho menos a la constelación de los bravos que aniquilaron la monarquía en este suelo sagrado. Simplemente ostenta sobre su anodina personalidad un solo título, glorioso, ejemplar e incomparable:

¡la persona más honrada de nuestros acaeceres patrios!

Pasadas las primeras emociones de la victoria de Boyacá, Bolívar inició, con el invaluable concurso de Santander, la organización de la nueva república. Tal fue su obsesión en los 40 días en que permaneció en Bogotá, del 10 de agosto al 20 de septiembre de 1819. Tan difícil como la guerra sería la tarea de la paz. Luego su primera y angustiosa preocupación fue de carácter presupuestal.

De dónde, cómo arbitrar recursos para financiar los gastos más urgentes e inmediatos? Restablecer el régimen tributario colonial era impopular y contraindicado. Se requería, por tanto, un milagro providencial y ese milagro tuvo nombre propio: don Lubín Zalamea.

Era por entonces este honrado, honesto y modesto bogotano un discreto funcionario de la Real Casa de Moneda. Al momento de precipitarse la desbandada del gobierno virreinal, cuando el mismo virrey Sámano perdió la cabeza y parte de su fortuna personal, don Lubín retenía por razones del cargo cuantiosas sumas de dinero metálico.

Sin pensarlo dos veces, y en un gesto que lo engrandece como arquetipo de la honradez colombiana, se presentó ante el general Santander y le entregó aquellos caudales ante lo cual le dijo el vicepresidente.

“Usted es, además de un buen patriota, un hombre de exquisita probidad”.

Y con esa frase lo inmortalizó.

El Libertador comentó el laudable e incomparable gesto a don Francisco Antonio Zea en los siguientes términos:

“A pesar de la devastación general que ha sufrido este Reino, la República puede contar con un millón de pesos en metálico, fuera de la cuantiosa suma que producirán las propiedades de los opresores y malcontentos fugitivos”.

Con esos recursos continuó impetuoso la guerra, hasta terminar la liberación de las naciones bolivarianas. Y don Lubín se labró el pedestal de su propia grandeza.

Que ojalá la actitud de Lubín Zalamea sea aleccionadora y ejemplarizante en estos calamitosos tiempos de abusos, corruptelas e inmoralidades administrativas. Y en los que no podemos exclamar que todo se ha perdido menos el honor.

Diario El Tiempo Mayo 7 de 1991

Don Lubín Zalamea de la Serna, había nacido en Santafe en el año de 1793. Fue hijo del Capitán don Francisco de Zalamea y Herrera y María Antonia Dominga Escolástica de la Serna y Lanos. Casó con Concepción Navarro con quien vivió en la Calle de la Fatiga y como hemos visto fue empleado de la Casa de Moneda. Posteriormente tuvo un colegio y ejerció la docencia en la Calle del Camarín del Carmen. Sus hijos fueron María Josefa, Juan, Rafael y José Leónidas Zalamea Navarro.

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