Con 400 habitantes por kilómetro cuadrado, la densidad poblacional de El Salvador era el más alto de América Latina. El 26.1% de la población rural no poseía tierra y otro 60.6% tenía parcelas demasiado pequeñas para sostener sus familias. Con esta estructura, la tenencia de tierras fue exacerbada por una severa presión de la población.[1]

El 8 de junio de 1969 se iniciaba los partidos de ida y vuelta entre Honduras y El Salvador por un cupo en la Concacaf para el Mundial de México en 1970. En condiciones de mucha tensión y con ánimos muy exaltados se llevaron a cabo los partidos. Honduras como local y con algunos conatos de pelea, ganó el primer partido por 1-0. El 15 de junio El Salvador recibió a la selección hondureña en San Salvador donde lograron un 3-0 a favor obligando a un tercer partido de desempate. Este último se llevó a cabo en el estado Azteca de Ciudad de México el 27 de julio con un marcador final de 3-2 a favor de El Salvador.

En Honduras los paramilitares comenzaron a inducir a la población a perseguir a los salvadoreños.

“Hondureño toma un leño y mata a un salvadoreño”.

El 14 de julio, el ejército salvadoreño lanzó un ataque contra Honduras en lo que posteriormente fue bautizado como la “Guerra del Futbol”, por el periodista polaco, Ryszard Kapuściński, ya que se había desencadenado a raíz de las eliminatorias para el Mundial.

Pero el corto conflicto, de apenas 100 horas, no se debía a un partido de futbol. Se debía a la inmigración ilegal de salvadoreños en la vecina Honduras. Las nuevas leyes de reforma agraria hondureñas, permitían el desplazamiento de campesinos salvadoreños y su posterior deportación sobre tierras hondureñas ocupadas ilegalmente. La OEA rápidamente negoció un cese al fuego efectivo a partir del 20 de julio y el retiro de las tropas salvadoreñas a principios de agosto.

A diferencia de sus vecinos, El Salvador no tenía tierras baldías para colonizar. Los sembradíos se extendían por las laderas de volcanes en actividad. La inmigración ilegal a la menos poblada Honduras se convirtió en una válvula de escape para una potencialmente explosiva situación rural hasta la “Guerra del Futbol”, que obligó el retorno de unos 25 mil desplazados y empobrecidos campesinos y se cerró la frontera. El sector manufacturero salvadoreño, en expansión, ofrecía una alternativa a los trabajadores rurales, pero la guerra con Honduras llevó a una recesión, de la cual el país nunca se recuperó plenamente.[2]

La breve guerra con Honduras descarriló la frágil economía salvadoreña, lo que sentó la base para la agitación política en la siguiente década. Sin embargo en el fondo estaba la determinación de los militares salvadoreños de mantener su monopolio sobre el poder político, monopolio que se cumplía sin interrupciones desde “La Matanza” del General Maximiliano Hernández Martínez en 1932.

 

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[1] William M. LeoGrande, “Our own Backyard”, The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1998

[2] Ibíd.