Tomado de “Yanquis y Latinos 200 Años” de Mariano Ospina Peña

Con una triple coincidencia histórica, en 1492, mientras Colón llegaba por primera vez a “las Indias”, el emirato musulmán de Granada, último bastión moro en España, caía convirtiendo a Isabela de Castilla en reina de todas las Españas. Y con el apoyo de la poderosa Reina española, ascendía al trono papal un español, nacido en Valencia, Rodrigo de Borja, adoptando el nombre de Alejandro VI. Estas tres coincidencias influenciarían las políticas españolas del Nuevo Mundo.

En el siglo XVI, los conquistadores ibéricos habían arribado a América con una especie de feudalismo militarizado. Este había sido perfeccionado durante la reconquista, la dura etapa de siete siglos en guerra para expulsar los moros de España.

Además del feudalismo militarizado, los españoles trajeron al Nuevo Mundo otras dos filosofías del siglo XVI. Uno era el militante e intolerante catolicismo, derivado en parte de la reconquista pero acrecentado por la contrarreforma con su inquisición y aparatos de censura. Al finalizar la reconquista, la iglesia era inmensamente poderosa, solo segunda al poder de la Corona e inmensamente rica. Los Reyes Católicos, así bautizados por el Papa Borja, favorecían al clero con el fin de lograr la unidad nacional y un absolutismo real. La Inquisición Española, fundada por ellos, les servía tanto religiosa como políticamente y sería uno de los grandes baluartes de apoyo a una omnipotente corona bajo el reino de Felipe II. El control real a la poderosa iglesia española la había logrado España del Papa Julio II, el Papa Guerrero, por presión diplomática del Rey Fernando, obteniendo el patronato real, un privilegio verdaderamente extraordinario, arrancado a una iglesia medieval, totalmente autoritaria y absolutamente intransigente.

Cristóbal Colón reclama las tierras "descubiertas" para la Corona española

Cristóbal Colón reclama las tierras “descubiertas” para la Corona española

La Corona había permitido una potestad casi absoluta a los conquistadores, pero una vez superada la etapa de conquista, España llevó al Nuevo Mundo las mismas instituciones mediante las cuales había alcanzado un control político centralizado en los dispersos reinos de la península ibérica. La principal institución de gobierno para las colonias era el todo poderoso Consejo de las Indias y a su vez en las colonias era la Audiencia, un cuerpo judicial compuesto por los oidores, presidido por el representante del Rey, el Virrey o Capitán General, a quien también la Audiencia aconsejaba. Si bien los oidores eran bien remunerados, su posición y nivel de vida requería de grandes gastos por lo tanto, aquellos que no tomaban ventaja de su posición, regresaban empobrecidos a España.[1]

Entonces casi desde el comienzo, la Corona dependía de la venta de posiciones y puestos con el fin de lograr ingresos. Muchos de los cargos quedaban en manos de las altas autoridades, quienes los vendían a aquellos individuos interesados en viajar a las Indias con el fin de explotar los nombramientos adquiridos. A partir de Felipe II, la Corona vendía estas posiciones al mayor postor, incluidos los más altos cargos. Como norma, los beneficiarios de estas transacciones esperaban regresar a España riquísimos, habiendo logrado la mayor utilidad posible. Entonces el lógico resultado fue una corrupción rampante.[2]

Para gobernar sus nuevas posesiones coloniales, la Corona emitía un permanente flujo de decretos, más de cuatrocientos mil para 1635, las que posteriormente fueron codificados en 6400.[3] Los gobernantes coloniales tenían una gran libertad de acción, solo limitada por los decretos e instrucciones emitidas por el Consejo de Indias, pero la necesidad de adaptar las leyes a las circunstancias existentes, les permitían un vasto poder discrecional. Esto dio lugar a la famosa respuesta de los funcionarios coloniales de “obedezco pero no cumplo”. El resultado fue un menor cumplimiento de la ley, aumentando así la justicia influenciada políticamente y la corrupción.

La Corona reclamaba una quinta parte de todo lo producido. Los funcionarios españoles estaban para hacer cumplir “la quinta del Rey”. Llevarla a la costa en recuas cuidadosamente empacadas, cargadas en buques bien resguardados por flotas y llevados a España. Las flotas regresaban dos veces al año. Traían a precios inflados de Sevilla, bienes de producción española, de las casas comerciales autorizadas mediante decretos del Rey.[4]

La violación de las leyes coloniales era una práctica común en la vida política colonial. Muchos de los funcionarios se encontraban con el dilema de hacer respetar la ley ante la oposición de las poderosas elites coloniales, con quienes tenían directos y cercanos vínculos económicos y sociales. El mejor ejemplo de esto fue, por un lado, el deseo legislativo de la Corona en regular el trabajo indígena, la verdadera riqueza en el Nuevo Mundo, y por el otro, el empuje de las elites en obtener un máximo beneficio. El resultado fue la desobediencia sistemática de las leyes protectoras y el continuo y reiterado abuso de los aborígenes. La Corona muchas veces hacia la vista gorda ante los desmanes, con el fin de evitar confrontaciones con las poderosas elites o por necesidades inmediatistas, como ingresos adicionales para sostener una guerra, un cuerpo diplomático o simplemente para mantener una nobleza parasitaria.[5]

Si bien la autoridad real era más o menos suprema en las ciudades capitales y sus alrededores, no se podía decir lo mismo en las más alejadas, extensas y a veces aisladas áreas rurales. En éstas, la autoridad real estaba demasiado lejos, por lo que el poder casi absoluto recaía en los grandes terratenientes. Por su parte, éstos tenían propiedades autosuficientes y actuaban como grandes señores feudales, suministrando justicia por medio de juicios presididos por ellos y encarcelando a los peones en calabozos de su propiedad. Levantaban y mantenían sus propios ejércitos privados y eran virtualmente reyes en todo su entorno. A veces combinaban su poder militar y judicial con algún título oficial y entonces, además eran representantes reales en sus vecindades.

La Corona española trató de controlar quienes se asentaban en las Américas. Sin embargo ninguno que estuviese en buena situación económica, y con favorable vida en Europa, se vendría para abrir horizontes en tierras tan lejanas, sufriendo tantas penalidades, incomodidades y necesidades. Los hombres que conformaban las expediciones de conquista eran, con algunas excepciones, fracasados en su tierra. Unos muy pocos, hijodalgo, de gran mayoría, segundones, quienes ante la necesidad de buscar fortuna, salían para Indias. La inmensa mayoría, eran por lo general soldados de las guerras europeas, hombres muy ordinarios, burdos, mentirosos, violentos y en extremo codiciosos. Sobra decir que ninguno que fuera hereje o judío, incluso los convertidos, despectivamente denominados marranos, tenían asiento en el Nuevo Mundo español.

La segunda filosofía fue el mercantilismo, cuya versión española de la doctrina, sostenía que los lingotes de oro y plata eran la mayor fuente de riqueza y no un producto o mercancía más y que el intercambio era un monopolio exclusivo entre España y sus colonias, por lo tanto cualquier producción, que pudiese entrar en competencia con la producción de campesinos o artesanos ibéricos era desalentada. Así la columna vertebral de la economía colonial fue la hacienda, las plantaciones y las minas.

Los conquistadores encontraron grandes asentamientos y poblaciones nativas. En el altiplano mexicano, en Guatemala y en Perú, estas habían logrado ricas sociedades basadas en cultivos sedentarios. Menos rica y avanzada pero igualmente numerosa, fue la sociedad indígena del altiplano cundiboyacense, en la ahora Colombia. En el momento de la conquista, América Latina tenía una población que algunos calculan en veinte millones otros en cincuenta millones de habitantes. Millones de nativos murieron, más que todo de enfermedades, pero también por trabajos forzados y por la misma conquista. Pero una de las mayores diferencias entre las dos colonias, las españolas y las británicas, es que muchos más indígenas sobrevivieron en lo que sería la América Latina. Rápidamente los españoles comprendieron que necesitarían de su mano de obra y la América española se convirtió en una sociedad de castas. Un pequeño grupo de terratenientes, funcionarios estatales y sacerdotes gobernaban una gran población nativa. El absolutismo español reconocía algunos derechos, conocidos como fueros, para sus ciudadanos, pero estos eran cumplidos en grupos y no en forma individual. La iglesia, el ejército y las milicias, así como algunas profesiones y los indios tenían sus propios fueros. Entonces los españoles vieron conveniente administrar las poblaciones indígenas por medio de los caciques. Aunque muchos de sus privilegios permanecieron intactos, gran número sufrió servidumbre en las minas y haciendas. Unos continuaron viviendo en sus comunidades tradicionales, cuyas tierras recibieron alguna protección legal pero debían pagar tributo a sus nuevos amos.

Este arreglo era bastante estable. Las mismas sociedades indígenas eran rígidamente jerárquicas, así que para los aborígenes el cambio fue de déspota, el amo local por un amo europeo. Pero la conquista también había incluido una brutal imposición de un nuevo orden ideológico, así como un nuevo orden político, económico y religioso.

Por otra parte, para cuando se fundó el primer asentamiento de James Town en las colonias británicas, las colonias españolas de América llevaban más de 100 años con una sociedad sobrepuesta a las antiguas sociedades indígenas. Estas sociedades sobrepuestas reflejaban los valores e instituciones que caracterizaban la madre patria, España o Portugal. En Ciudad de México excavaciones muestran como los españoles construyeron su catedral en parte de la cima del Templo Mayor azteca. En Cusco, un templo dominicano yace en la cima del Koricancha, el Templo del Sol, el más sagrado lugar del Imperio Inca. Con la conquista victoriosa, los dioses nativos habían fallado y los de los invasores habían triunfado. Así los nativos fueron obligados en aceptar la religión católica, una de las obligaciones de la conquista, añadiendo sus propias prácticas, creencias e imágenes. Así no es de extrañar que aún hoy, algunos pueblos indígenas permanecen reacios al cambio y modernización. Su historia desde la conquista ha sido de sumisión forzosa, seguida por una adaptación relativa exitosa, salpicada de ocasionales estallidos de rebelión, frecuentemente con gran violencia. En aquellos lugares donde los indígenas fueron exterminados o eran relativamente pocos, nómadas y difíciles de subyugar, los colonos importaron masivamente esclavos africanos.[6]

La desigualdad fue un aspecto fundamental e integral de las sociedades coloniales españolas ya que se basaban en el vasallaje o esclavitud, o ambos. Anotaba el aristocrático viajero y científico alemán, Alexander von Humboldt en su ensayo sobre la Nueva España:

tal vez en ninguna parte es más escandalosa la desigualdad. La arquitectura de las edificaciones públicas y privadas, la elegante vestimenta de las mujeres, la atmosfera de la alta sociedad son testigos de un brillo social que es un contraste con la desnudez, ignorancia y tosquedad de su población.” La teoría colonial española no aceptaba la idea de integración racial. Preveía la separación racial, en parte, para proteger la población indígena de los criollos.

Los españoles, criollos e indios vivían bajo diferentes leyes. Sin embargo con el tiempo hubo mucha mezcla racial pues la cantidad de hombres, generalmente superaba ampliamente el número de mujeres entre los colonos españoles y en particular durante la conquista. Entonces la mezcla terminó en grandes números de mestizos, mulatos, pardos y zambos.

Así la sociedad española altamente estratificada, logró una inmensa capacidad adquisitiva, gracias a sus colonias americanas, pero el Imperio Español era absolutamente incapaz de producir. El aparentemente sólido y dorado imperio español, realmente apenas tenía un ligerísimo baño de oro.

Varias características en el gobierno de países latinoamericanos vienen del periodo colonial, entre ellos el centralismo y la borrosa y a veces sobrepuesta diferencia entre autoridad ejecutiva y judicial. A esta lista podemos añadir una manía regulatoria. Las legislaciones latinas en algunas oportunidades han plasmado un mundo ideal, tan perfecto que es imposible llevarlo

[1] Benjamin Keen y Keith Haynes, “A History of Latin America”, Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company, Nueva York, 2009

[2] Ibíd

[3] Michael Reid, “Forgotten Continent”, Yale University Press, New Haven, 2009

[4] Kenneth D. Lehman, “Bolivia and the United States”, The University of Georgia Press, Athens Georgia, 1999

[5] Benjamin Keen y Keith Haynes, “A History of Latin America”, Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company, Nueva York, 2009

[6] Michael Reid, “Forgotten Continent”, Yale University Press, New Haven, 2009