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Bogotazo 60 Años

Parte II

Mariano Ospina Peña

El Departamento de Seguridad, después Servicio de Inteligencia Colombiano,  Departamento Administrativo de Seguridad y ahora Dirección Nacional de Inteligencia, cuyo Jefe era Alberto Niño Heredia, miembro del Partido Conservador, su Secretario durante varios años y dos veces Representante a la Cámara por ese partido, afirma en su libro “Antecedentes secretos del 9 de abril”, publicado en 1949, sobre la gestación de un movimiento subversivo y revolucionario de carácter subterráneo que incluía la izquierda desde la CTC y mandos medios del liberalismo, a los cuales se unieron, sin el consentimiento de Jorge Eliecer Gaitán, mandos medios del gaitanismo, casi desde el mismo 5 de mayo de 1946 con la victoria de Mariano Ospina Pérez.

Como lo había previsto Gaitán, el debate presidencial exacerbó las pasiones políticas y creó nuevos factores de odio que prolongaron su influencia mefítica más allá del debate electoral. En villorrios y aldeas de los antiguos martirizados departamentos de Boyacá y los Santanderes, se sucedían con renaciente frecuencia los choques entre liberales y conservadores. La prensa liberal agrandaba los hechos, los explotaba de mala fe y convertía victimas conservadoras en victimas liberales o atribuía índole política a los delitos comunes. Y en esta forma, con la colaboración de todos, se caldeaba aún más el ambiente y se desmoralizaba a las masas, preparándolas para la subversión.

Gaitán también se contagió y cayó en injusticias. Se olvidó de los caciques y matones liberales para motejar de tales solo a los conservadores y a las autoridades; se habló con escándalo de la policía política que solo se dedicaba a atropellar y asesinar liberales; de nuevo Gaitán amenazó con la huelga general y la acción directa del pueblo con él a la cabeza, y la  criticada acción intrépida se tornó en consigna liberal dada por el propio Gaitán; arrió sus propias banderas, con las que había alcanzado resonantes victorias, y sus viejas y seductoras tesis triunfales no volvieron a resonar en el Teatro Municipal. El País político había conquistado al Caudillo.[1]

La violencia política crece. Pero las versiones difieren en la medida de quien lo diga. Por ejemplo sobre una matanza que hubo en julio del 47 en Moniquirá durante un bazar a beneficio del fondo liberal. Mueren 6 ciudadanos liberales y 12 quedan heridos. La prensa conservadora dice:

“El día transcurrió tranquilamente pero al atardecer, sobre las seis llegaron camiones con gentes liberales de las poblaciones vecinas que insultaban a la policía. Para evitar desórdenes y disturbios, la autoridad ordenó cerrar las tiendas de licores. La policía ingresa a los bares para desalojarlos, los liberales presentes se resistieron y atacaron a los agentes. En defensa propia disparó la guardia.”

La prensa liberal afirma:

“sin ningún motivo, en medio de la paz y la alegría, los policiales empezaron a requisar y agredir a los liberales; hubo inconformidad por el ultraje y la persecución gratuitos y provocativos; la policía cargó a bala, en descargas cerradas. ¡Y coincidencia! La policía es conservadora. Los muertos y heridos liberales.”

¿A quién se le cree? ¿Cuál es la realidad? Esta será la regla general durante estos años previos a la Violencia, cuyo único resultado es la exacerbación de los ánimos políticos, en ambos partidos y el Partido Comunista ayuda con los ingredientes de la agitación y desorden violentos, además de las serísimas acusaciones de complot, del Jefe de Seguridad.

Gaitán presenta al Presidente Ospina un Memorial de Agravios, el 11 de abril de 1947 quejándose de los varios actos de violencia contra los liberales. Daniel Pecaut en su libro “Crónica de dos décadas. 1968-1988”, editorial Siglo XXI, Bogotá, 1987, demuestra en forma contundente que los episodios anormales en ese momento histórico, 11 de abril de 1947, no tenían la extraordinaria gravedad que pretendió darle la oposición. [2]

Violencia sí existió, censurable sí, imperdonable también, pero no de la naturaleza que proclamaba el liberalismo.

“El 19 de septiembre de 1947 el país oye que el Presidente Ospina entre lastimado y ofendido sostiene que la nación conoce la forma como se nombró una comisión investigadora, teniendo oportunidad de darse cuenta exacta del criterio con que habrán de proceder sus actuales fiscales. Uno de ellos no vaciló en declarar, la víspera de la instalación del Congreso desde la Plaza de Bolívar de Bogotá, que al presidente debía aplicarse el mismo castigo dado al mandatario de un país suramericano, cuyo cadáver fue suspendido en uno de los faroles públicos, para escarmiento de verdugos y déspotas. Otro pidió en una plaza pública la cabeza del primer mandatario, y no ha faltado entre los presuntos jueces, quien se levante desde su curul del Senado para aconsejar el asesinato del Presidente de Colombia, como represalia ejemplar contra dolorosos e imprevisibles hechos de sangre, sucedidos en diversas comarcas de la patria.”[3]

Un paro general organizado por la CTC ni fue autorizado o desautorizado por Gaitán y fue vencido sin dolor o sangre por la poca presencia en las calles, pero las represalias sindicales fueron enormes contra quienes no acataron la orden de paro.

Y un aspecto interesante: ni en esta  ni en ninguna otra época se podían despachar comisiones de detectives para fuera de Bogotá sin que lo supieran los tenedores clandestinos de armas o grupos sediciosos que se trataban de localizar. Por razón de sus funciones, los únicos que adquirían previo conocimiento de aquellas comisiones eran los empleados liberales de la Caja de la Policía o los de la Contraloría Nacional. Cuando las formalidades legales no se llenaban previa sino posteriormente al cumplimiento de la comisión el buen éxito de esta era seguro. Los agentes y simpatizantes de la revuelta se hallaban en todas partes, aun en el propio detectivismo, reincorporados por el Consejo de Estado.

En el Tolima especialmente, se hallaban los principales focos de subversión, protegidos, asesorados y ayudados por las autoridades y la policía departamental y nacional. [4]

El Liberalismo

A pesar de la jefatura de Gaitán, muchos liberales siguen acariciando la idea de derrocar el régimen cómo de lugar. Ahora en su posición de Jefe debe acudir a las reuniones del oficialismo quienes le reciben como autoridad pero a regañadientes. Ya no le alcanza el tiempo. No es tan accesible como lo era antes, ahora debe ocuparse de los directorios.

Se hacen planes y contraplanes contra el gobierno, pero nada se pone en marcha, en gran medida por la negativa de Gaitán en aprobarlo. Sabe que la gran victoria electoral del 50 es suya. Lo demás son tonterías. A excepción de Germán Arango el antigaitanismo se disolvió dando muestras de sumisión.

La lucha por los cuerpos de policía está candente. Los liberales quieren a todas luces mantener la policía liberalizada, los cuales están en permanente desacato a los gobernadores y alcaldes conservadores. La turbación del orden público está a la orden del día. Los sindicatos siguen con las huelgas.

El liberalismo proyecta entonces una acusación contra el Presidente en el Congreso. Necesitaban la renuncia de Eduardo Santos como designado para elegir a alguien mucho más beligerante por lo que aparece el nombre de Alfonso Romero Aguirre quien, una vez alcance la Presidencia, someterá violentamente a los conservadores que seguramente se levantarán en protesta. Sin embargo en el congreso no les alcanzan los votos. Todo el maquiavélico plan fue puesto en conocimiento del Ministro de Gobierno, Roberto Urdaneta Arbeláez y del Directorio Conservador.

El gobierno adelanta un proyecto de modernización y reorganización de la policía y con el fin de evitar fuerza excesiva, la importación de gases lacrimógenos, la última tecnología para contener el desorden público. Las mayorías liberales en el congreso buscaban mantener la policía liberalizada de la República liberal, Gaitán acusa al Presidente Ospina de traidor a la patria por introducir gases extranjeros con el fin de asesinar el pueblo.

Ante el intento de la bancada liberal en arrogarse “legalmente” el nombramiento del Director de la Policía, quitándole esa potestad al ejecutivo, el ministro José Antonio Montalvo afirma en el congreso sobre el proyecto gubernamental de modernizar y hacer más operativa la institución policial,

“que la modernización de la Policía significa un reto para el gobierno y a la vez, la modificación de la política general; que quitarle al gobierno la dirección de la policía cuando se le exige la guarda del orden público, es apenas un contrasentido, inadmisible y censurable; que el presidente de la República puede constituir su gabinete como le plazca. Eso está en sus atribuciones.”[5]

Los antecedentes a esta pugna entre partidos la resume Arturo Alape asi:

En julio (1947), la mayoría liberal deja constancia en protesta por la creación de la policía política, más conocida como Popol. La prensa liberal acusa a las policías departamentales y a los resguardos, de ser refugio de forajidos políticos, que por acción de sus mandos medios, son una amenaza latente para la población. Agosto fue mes de violencia en Duitama, Siachoque y Tunja, y en los hechos están comprometidos hombres de los resguardos y de las policías departamentales.[6]

Afirman los liberales, que se está preparando el futuro manejo electoral con violencia y persecución, con el fin de que los liberales no puedan acudir a las urnas. Es importante anotar que en esta época con el nombramiento de José María Villarreal en la gobernación a principios de 1947, la policía boyacense ya ha incorporado elementos “chulavitas” en razón a la negativa de la policía departamental y municipal en obedecer a los mandatarios conservadores. Sin embargo olvidan decir los liberales, que quienes controlen la policía, un real factor en el manejo del orden público, es tener la posibilidad de coacción con fines políticos.

Jose Antonio Montalvo Berbeo

Jose Antonio Montalvo Berbeo

Continúa su intervención José Antonio Montalvo:

“El liberalismo después de las elecciones presidenciales, no esperaba tanta generosidad, tanta liberalidad del señor Presidente. La mitad de los Ministros y la mitad de las Gobernaciones. Y ciertas escenas parlamentarias contra el presidente, ciertos discursos ultrajantes, y hasta una acusación inepta e injusta para deponerlo de su alta investidura, no son ciertamente demostraciones de lealtad; un gobierno tiene que defender a sangre y fuego las instituciones democráticas del país; el presidente no se deja amarrar, ni nosotros no lo dejaremos amarrar; el liberalismo no podrá jamás supeditar al Jefe del Estado con una oposición colaboracionista que no podrá continuar.”[7]

Hay que reconocer que la campaña liberal fue muy hábil pero terriblemente perjudicial para el país. Obtuvo los fines que se proponía; que no hubiera cambios en el personal antiguo de las Divisiones; que continuaran los mismos agentes politiqueros y sectarios; que el ingreso de un solo conservador a estos cuerpos ocasionara escándalos y dolores de cabeza al Gobierno. Para eso se repetía el convencional estribillo de “policía chulavita” y se afirmaba en todos los tonos que se estaba destruyendo la técnica implantada por el liberalismo en aquel organismo de seguridad social, y alejando el apoliticismo de que la dotaran los gobiernos liberales.[8]

Hasta esta fecha, era Gaitán quien amenazaba reiteradamente con retirar el liberalismo del gobierno. Esta vez es el gobierno el que amenaza con sacar al liberalismo. Pero ahí no quedaron las cosas. El infortunado comentario de defender a “sangre y fuego”, es probablemente una de las frases más mal interpretadas y motivo de calumnias en la historia nuestra. La prensa liberal vocifera contra los godos por su amenaza de exterminarlo (al liberalismo) a sangre y fuego ó que José Antonio Montalvo habló de defender ese gobierno “a sangre y fuego”, o que los godos se impondrán a “sangre y fuego”, cuando ellos sabían que eso no era lo que se había dicho. La intención era seguir enrareciendo el ambiente en contra del gobierno conservador. El mismo Darío Echandía comentaba:

Desde los tiempos de Mosquera, no se había oído algo parecido. Defender a sangre y fuego a la policía. A sangre y fuego. ¡Santa Brígida, qué barbaridad!

La fiebre del armamentismo crecía en el liberalismo; en todas partes se dedicaba a conseguir armas. En la Belleza, Jesús María, y otros lugares, los liberales portaban públicamente armas de largo alcance y organizados militarmente, desafiaban a las autoridades a que los desarmaran o capturaran. En el Tolima se organizaba febrilmente y casi en forma publica la revuelta, ante la indiferencia complaciente o cómplice del gobernador. Envié varias comisiones de detectives, pero ante la protesta indignada del gobernador, se ordenó su regreso y prohibió el envío de nuevas comisiones. Agentes de confianza del gobernador vinieron a Bogotá, trayendo comunicaciones para el Directorio Liberal originarias de la Comandancia de Policía y de carácter esencialmente político. El robo de explosivos de los depósitos oficiales y particulares se generalizó; el comercio de armas era intenso y prácticamente lícito, porque la prensa combatía ferozmente la acción preventiva de las autoridades y el doctor Gaitán la prohibición de rondas y requisas sin sujeción a los trámites engorrosos y demorados del procedimiento judicial. Prácticamente se maniató al detectivismo y se anuló la vigilancia de entidades y personas. En el Espinal se descubrió al Comandante de una División de Policía de Bogotá desarrollando labores subversivas, recorriendo las veredas y citando a los liberales para el levantamiento inmediato que debía estallar tan pronto llegara la orden de Bogotá. Más por fortuna del país, Gaitán continuaba empecinado en defender la tranquilidad pública, rechazar todo conato de subversión e imponer sus postulados de acción dentro de la ley y la normalidad republicana.[9]

Hay gran inconformismo dentro de las huestes gaitanistas. El Jefe ya no es el mismo reaccionario de antes, es el Jefe del Partido Liberal y como tal, idea a mediados de enero la gran Marcha del Silencio. Esta prácticamente se convierte en la “fusión” de gaitanismo y el liberalismo. Ya Gaitán debe tratar, negociar y acordar con los que antiguamente llamaba “jefes liberales de la oligarquía”. Es una situación muy confusa para su movimiento.

La CTC dispone una marcha sindical contra el gobierno, quieren al Jefe del Liberalismo, a quien se le acercan para proponer la unión de fuerzas en la marcha. Gaitán no acepta, irá en su Marcha del Silencio solo, con el liberalismo y las huestes gaitanistas. Si ordenaba al liberalismo engrosar la manifestación sindical, aquel le obedecería y esta resultaría monstruosa por su número y también por su vehemencia. Y cuando el fuera a realizar la suya, resultaría inferior, menos vistosa y espectacular, más fría y opaca porque el sindicalismo no iría a ella y muchos obreros liberales se abstendrían de concurrir por resultarles onerosa en lo económico a más de fatigante en lo físico.[10]

En noviembre estalla otro escándalo político liderado por Laureano Gómez y Luís Navarro Ospina. Resulta que en 1934 antes de las elecciones presidenciales el gobierno liberal señaló las nuevas

Nuevas cédulas en 1935

Nuevas cédulas en 1935

características, lo que con seguridad explica la voluminosa votación por López Pumarejo, y en 1935 los gobiernos liberales habían hecho reformas  en las que se creó dentro de la Policía (liberal) en el Ministerio de Gobierno (Interior) la Oficina Sección Electoral y se obligó la presentación para efectos electorales y actos civiles y políticos que requieran la identificación personal.

En la Registraduría se constata que la cédula del doctor Navarro Ospina se ha expedido dos veces. Prueban que sí existe una larga lista de doble cedulación y que calculan que hay 1’800.000 mil cedulas falsas emitidas por la República Liberal de las tres millones existentes. Dicen que es necesaria la recedulación lo que de inmediato causa la ira del liberalismo.

A comienzos de 1948, “no pasa nada”, decía el gobernador Manuel Buenahora, pero una creciente ola de terrorismo cubrió varias provincias de la tierra santandereana y de pronto el país se vio en presencia de una pequeña guerra civil. El General Gustavo Matamoros León ante la gravedad de los acontecimientos y la incapacidad del gobernador en otorgar las garantías fue designado Jefe Civil y Militar de Santander del Norte, previa la alteración del orden público. [11]

Los alcaldes designados por la pasada administración (Alfonso López Pumarejo) se escogieron con un criterio violento de sectarismo político afirmaría de los hechos en Santander el ingeniero cucuteño, Virgilio Barco Vargas, gerente de Bavaria.

Alberto Niño afirma: A comienzos de año se presentó la huelga de los trabajadores del petróleo. Se estableció en Barranca la existencia de armas, bombas explosivas y otros elementos de destrucción en poder de dirigentes sindicales. Se descubrió un plan revolucionario de inminente  realización, que debía estallar en aquella ciudad. La policía fraternizaba con los presuntos revoltosos y los favorecía ostensiblemente. Los detectives que hicieron el descubrimiento fueron calificados de alarmistas y hubo necesidad de retirarlos de sus bases accidentales; el plan entonces denunciado se realizó en su mayor parte el nueve de abril y sus dirigentes fueron los mismos señalados por los agentes de la seguridad.[12]

El liberalismo se queja del acaparamiento de Gaitán en todas las funciones de la colectividad. Centralizó en el, todas las funciones. Está manejando el liberalismo como acostumbraba el gaitanismo. Todo es anarquía y la actitud de Jorge Eliecer despierta la ira de los jefes liberales.

El 30 de enero Ospina recibe de Gaitán un Memorial de Agravios sobre la situación en Boyacá y Santanderes además de exigir la destitución de José Antonio Montalvo. Ospina promete estudiar el documento, envía una comisión investigadora a la zona quienes informan el 4 de febrero al Presidente que sí han existido desmanes pero que a criterio de ellos son muy inferiores a los anunciados en la prensa liberal y que la zona aparentemente está regresando a la normalidad.

El liberalismo continuó organizando su manifestación, pero surgieron de nuevo los proyectos subversivos. Era preciso aprovechar esa gran movilización de fuerzas para tomar el poder. Se organizaron grupos de choque con sus respectivos jefes; se les ofrecieron armas; se fijaron afiches torturantes para impresionar la imaginación de las gentes, muchos de ellos con escenas de la guerra europea y de los campos de concentración y leyendas de venganza y reconquista. Todos los horrores y crímenes, ciertos o imaginados, se atribuían a los conservadores y a las autoridades, a tiempo que la libertad, la justicia social, los progresos materiales y morales del país, sus avances institucionales, se reclamaban como obra exclusiva del liberalismo. Gaitán alentaba esa propaganda mentirosa, aberrante e injusta, pero al tener conocimiento de los planes de revuelta que preparaban sus seguidores, los rechazó indignado, llamó a su secretario don Álvaro Ayala y le ordenó arrojar del Directorio a determinados elementos y prohibirles la entrada a los salones del directorio. Conferenció con los jefes y reafirmó sus propósitos pacifistas y su resolución inquebrantable de seguir, para reconquistar la victoria, los caminos de la ley, de la democracia y de la moral. Fue entonces cuando resolvió que la manifestación debía realizarse en absoluto silencio. [13]

Gaitán lanzó la ofensiva final contra Ospina, con base en que el gobierno había desatado la ola de violencia. El 7 de marzo del 47 [14] hizo la manifestación del silencio. Cada manifestante tenía bandera negra de papel de seda. Llenó la Plaza de Bolívar y en un discurso efectivista leyó su Oración por la Paz. El ruido de las banderas de seda, al agitarse, impresionaba más que los aplausos. [15]

Oración por la Paz

Jorge Eliecer Gaitán en su intervención en la Oración por la Paz

Jorge Eliecer Gaitán en su intervención en la Oración por la Paz

Señor Presidente Mariano Ospina Pérez:

Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra Excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa multitud que esconde su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria.

En todo el día de hoy, Excelentísimo señor, la capital de Colombia ha presenciado un espectáculo que no tiene precedentes en su historia. Gentes que vinieron de todo el país, de todas las latitudes —de los llanos ardientes y de las frías altiplanicies— han llegado a congregarse en esta plaza, cuna de nuestras libertades, para expresar la irrevocable decisión de defender sus derechos. Dos horas hace que la inmensa multitud desemboca en esta plaza y no se ha escuchado sin embargo un solo grito, porque en el fondo de los corazones sólo se escucha el golpe de la emoción. Durante las grandes tempestades la fuerza subterránea es mucho más poderosa, y esta tiene el poder de imponer la paz cuando quienes están obligados a imponerla no la imponen.

Señor Presidente: Aquí no se oyen aplausos: ¡Solo se ven banderas negras que se agitan!

Señor Presidente: Vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido, que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para recatar la emoción en un silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa.

Ninguna colectividad en el mundo ha dado una demostración superior a la presente. Pero si esta manifestación sucede, es porque hay algo grave, y no por triviales razones. Hay un partido de orden capaz de realizar este acto para evitar que la sangre siga derramándose y para que las leyes se cumplan, porque ellas son la expresión de la conciencia general. No me he engañado cuando he dicho que creo en la conciencia del pueblo, porque ese concepto ha sido ratificado ampliamente en esta demostración, donde los vítores y los aplausos desaparecen para que solo se escuche el rumor emocionado de los millares de banderas negras, que aquí se han traído para recordar a nuestros hombres villanamente asesinados.

Señor Presidente: Serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los ciudadanos que llenan esta plaza, os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, para devolver al país la tranquilidad pública. ¡Todo depende ahora de vos! Quienes anegan en sangre el territorio de la patria, cesarían en su ciega perfidia. Esos espíritus de mala intención callarían al simple imperio de vuestra voluntad.

Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable.

Señor Presidente: En esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización!

Nosotros, señor Presidente, no somos cobardes. Somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este suelo sagrado. ¡Somos capaces de sacrificar nuestras vidas para salvar la paz y la libertad de Colombia!

Impedid, señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo que puede pedir un pueblo. En vez de esta fuerza ciega desatada, debemos aprovechar la capacidad de trabajo del pueblo para beneficio del progreso de Colombia.

Señor Presidente: Nuestra bandera está enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones solo os reclama: ¡que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como queráis que os traten a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes!

Os decimos finalmente, Excelentísimo señor: Bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y exterminio. ¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia![16]

La Marcha del Silencio fue la más grande manifestación que hasta ese momento se había realizado en la historia del país. Centenares de miles de personas, portando crespones negros y en impresionante silencio, colmaron la Plaza de Bolívar y calles adyacentes. La única voz que resonó entonces, fue la del caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán. No fue un discurso de guerra, ni de desafío, ni de venganza. Fue una Oración por la Paz.[17]

El discurso de Gaitán fue una amenaza muy grande. Nosotros empezamos a decir que ese día quedó demostrado que Gaitán sí era el Jefe, indiscutiblemente de las grandes mayorías del país y al llegar a las elecciones las ganaba. Yo creo que los conservadores así lo entendieron porque el fenómeno de la popularidad de Gaitán rebasaba las fronteras; en todas partes se veía que era el líder necesario, no solo de Colombia, sino de la izquierda de América. Entonces empezamos a ver que Gaitán estaba en peligro y se lo dijimos, yo se lo dije: “Jorge Eliecer, a usted lo van a matar, usted tiene que cuidarse mucho”. Porque a él le gustaba andar solo y de golpe se salía de noche, era algo muy peligroso. Pero nos decía: “A mi no me matan, mi seguro es el pueblo, porque mi posible asesino sabe que a él lo matan en el momento en que me mate y ese es mi seguro de vida”. “Pero precisamente un loco, como mataron a Gandhi, como todos los magnicidios han sido cosas inexplicables, en las mismas circunstancias suyas”. Esas son pendejadas, a mi no me pasa nada, yo no me pongo con esas cosas.” [18]

El liberalismo, unido en torno de Gaitán rompió con el gobierno. Pero dejó la ventana abierta para entrar a la Conferencia Panamericana. Y entró. Pero sin Gaitán. El Presidente Ospina nombró la delegación y en la lista no apareció. El canciller (saliente) Domingo Esguerra dijo que Gaitán no fue nombrado porque no tenía práctica en derecho internacional y que su carrera era la de penalista. Por ella la JEGA le lanzó huevos al canciller. El sucesor de Esguerra, Laureano Gómez, había anunciado privadamente –para que se oyera bastante-, que si Gaitán aparecía en la delegación, el renunciaría. Al respecto dijo el ex presidente Roberto Urdaneta Arbeláez al autor de este reportaje:

-Yo era partidario de que se nombrara a Gaitán en la delegación liberal a la conferencia Panamericana. Pero Ospina me dijo: “Yo no puedo nombrar a Gaitán porque él me ha hecho cargos muy graves y con su nombramiento vendría a justificar su conducta….”

La JEGA se enardeció. Fue vox populi que Gaitán sabotearía la Conferencia, porque permanecía callado ante los desmanes contra los embajadores. Llegaban aves raras a Bogotá: un tal Gustavo Machado, un tal Ovares Herrera, un tal Fidel Castro, un tal Del Pino. Vuelve el ex presidente Urdaneta al dialogo:

-Jorge Eliecer me contaba las conversaciones que tenía con los jefes comunistas que venían a buscarlo…. Me dijo que no era antiyanki…. Tres o cuatro días antes del 9 de abril me invitó a almorzar. No pude ir porque estaba enfermo. Pero Gaitán fue a mi casa de la calle 24… Me pareció oportuno concretarlo:

– ¿A ti te parece que un candidato a presidente pueda aparecer como saboteador de la conferencia? ¿Tú no crees que la Panamericana pesa algo?

Gaitán contestó:

-Tienes toda la razón. Yo no puedo tomar parte en esa vaina…

Al día siguiente hizo el anuncio en que desautorizaba cualquier intento de sabotaje.[19]

El comunismo internacional, acatando consignas extrañas, estaba vivamente interesado en hacer fracasar la Conferencia Panamericana de Bogotá. Este es el secreto de Polichinela. Para este efecto, convocó una reunión en los altos del Almacén Mazuera con el fin de buscar una inteligencia con Gaitán y organizar el saboteo de la Conferencia. La reunión fue un fracaso por la inasistencia de algunos dirigentes; pero se designó por los jefes una comisión para que hablara con Gaitán y le expusiera los proyectos comunistas. Consideraban cosa fácil explotar el natural resentimiento del ilustre político por su no inclusión como delegado a la Conferencia, más este no quiso oírlos y al conocer los planes de saboteo, los denunció y ordenó al liberalismo públicamente abstenerse de participar en ellos y oponerse prácticamente a su realización.[20]

El 3 de marzo es atacado el entonces Canciller, el liberal Domingo Esguerra (en contra de los designios de Gaitán) quien a pesar de haber sido advertido por los cuerpos de seguridad hace caso omiso y es agredido con huevos podridos. El 11 los estudiantes asaltan el Ministerio de Educación. El 18 de marzo, los disturbios llegaron hasta el punto en que el automóvil del Embajador Viterio Lafonte del Ecuador, fue volcado y luego atacados los almacenes de la carrera séptima por liberales y comunistas. Sobre el vehículo se pudo ver  a varios líderes gaitanistas. En uno de los balcones de la vía el representante liberal Tiberio Galvis, trató infructuosamente de arengar a los amotinados. Al no poder hacerlo bajó a la calle gritando insultos contra las fuerzas del orden. También estalla una bomba en el Ministerio de Gobierno. En los primeros días de abril y en plena Conferencia, es capturado un obrero  que había estado invitando a otros a que lo secundaran en la colocación de una bomba de alto poder explosivo para volar el capitolio cuando estuviera sesionando la asamblea. El siete de abril circula una hoja invitando a la revuelta, en contra de la Conferencia, el Plan Marshall y el Plan Kellogg. Por medio de un comisionado de la Embajada Americana llegan rumores de que se proyectan atentados contra la vida General Marshall.

El Partido Comunista

En julio de 1947, se reúne en Bucaramanga el Quinto Congreso Comunista del cual sale el partido seccionado en dos grupos que capitanean Gilberto Vieira y Augusto Durán. La fracción de Vieira lanza un manifiesto cuyo punto (g) dice textualmente: “el gobierno del Presidente Ospina Pérez es un gobierno de la burguesía colombiana liberal y conservadora, donde predominan las fuerzas de reacción…..”[21]

El comunismo, dividido agresivamente en dos grupos, se reunió constantemente en diversos lugares de la ciudad, en una especie de emulación proselitista de la violencia. Vieira, inteligencia despierta, hombre cordial y culto, conductor enérgico aunque a veces apático, dirigía uno de los grupos, el más numeroso; Durán, reconcentrado, ignorantón, y medio ecléctico a su manera, dirigía otro. Vieira preconizaba la oposición sin tregua y la revolución violenta inmediata; Durán aconsejaba la infiltración en todos los organismos del Estado y la propaganda pacifica, pues a su juicio el obrerismo colombiano no había alcanzado la madurez revolucionaria indispensable para intentar la toma violenta del poder; el primero recomienda la penetración en el gaitanismo; el segundo la batalla franca y abierta contra Gaitán.

En esta pugna, los choques materiales fueron frecuentes entre los dos grupos. Durán, más débil, buscaba el apoyo y respaldo de las autoridades y aún de ciertas organizaciones calificadas de reaccionarias. Pero en sus campañas prácticas era más violento y radical que Vieira. Ambos ejercían – y aún continúan ejerciendo – notable y casi definitiva influencia sobre las organizaciones sindicales. La CTC ha estado siempre al servicio del comunismo y de la CTAL mexicana que controla Rusia por conducto de Lombardo Toledano.

El comunismo internacional o ruso no toma a lo serio este bifonte e ingenuo comunismo nuestro, y aunque lo aprovecha y dirige sin darle explicaciones, lo desprecia sin tratar de ocultarlo. Antonio García y Gerardo Molina estaban más cerca de la Embajada Rusa y de los agentes de Moscú, que Vieira o Durán. Salvador Ocampo, Machado, Luís Fernández Juan, Eugene Kerbaul, Milorad Pecic B., Frances Mac Kinnon Damon, Blas Roca, Fidel Alejandro Castro, Rafael Lázaro del Pino y otros comunistas extranjeros que mucho tuvieron que ver en la preparación del nueve de abril, en sus visitas a Colombia no se preocuparon de Vieira o de Durán sino de Gerardo Molina, Antonio García, Luís Carlos Pérez, Montaña Cuellar, el casi desconocido Jaime Rubio y la CTC como directiva obrera.[22]

Según los informes del Departamento de Seguridad, los siguientes personajes llegaron a Bogotá: El señor Machado, líder comunista venezolano, vino al país con visa diplomática, conversó con dirigentes comunistas y miembros de la CTC, tuvo varias conferencias con elementos de extrema izquierda. La estrecha vigilancia del organismo de seguridad lo aburrió y se marchó del país.

Después arribó el senador comunista chileno, Salvador Ocampo, procedía de Venezuela con fuertes sumas de dinero para los huelguistas del petróleo. Sostuvo conferencias con Gerardo Molina, Montaña Cuellar, Antonio García, Jaime Rubio y otros de izquierda además de dictar conferencias en la CTC. Fue detenido y se le decomisan documentos que demuestran el carácter revolucionario de su gira, propugnando una huelga general continental que debe culminar con revueltas y golpes de estado contra los gobiernos de derecha. Confiesa la traída del dinero  para los huelguistas y luego la niega; afirma su derecho de intervenir en la política de Colombia y de todos los pueblos, y anuncia  que afortunadamente “el estado de cosas existente en Colombia va a cambiar fundamentalmente dentro de breve tiempo”.

Más tarde arribaron al país cuatro agentes extranjeros del comunismo: Luís Fernández Juan, general maqui español, Eugene Kerbaul, francés, Milorad Pesic B., yugoeslavo y Frances Mac Kinnon, también comunista, de nacionalidad americana pero francesa de origen, directora de la Federación Mundial de Juventudes Democráticas, institución organizada, controlada y dirigida por el Soviet, como lo demostraron los papeles que se le tomaron. Se les encontraron papeles de propaganda contra la Conferencia Panamericana y ordenes de constituir filiales de la Federación que representaban. Todos fueron deportados o salieron del país por voluntad propia.

Alexandre Okolokoff y Román Arzokoff quienes se decían ingenieros rusos llegaron por esos días y alojaron en el Hotel Astor. Se les observó en conversaciones con personal de la Embajada Rusa y en particular con Guillermo Rincón, funcionario de esa sede diplomática. Al requerirlos a las oficinas de Seguridad desaparecieron, siendo localizados después del 9 de abril en la ciudad.

También llegaban a Bogotá los reconocidos comunistas cubanos Fidel Alejandro Castro y Rafael del Pino quienes provocaron reuniones de los estudiantes reconocidamente izquierdistas en la Ciudad Universitaria. Fueron conducidos a la Jefatura de extranjería, sus afirmaciones y documentos indicaban que venían de paseo y en propaganda contra el coloniaje en América y se les puso en libertad. El 8 de abril en la CTC dictaron conferencias de carácter revolucionario e impartieron instrucciones sobre la técnica del golpe de Estado y la organización de un paro general.[24]

La Brigada de Institutos Militares

Cúpula Militar Ministroi de Guerra Fernando Londoño, Jefe de Estado Mayor General Germán Ocampo, Director del Ejército Rafael Sánchez Amaya y Comandante de la BIM General Ricardo Bayona Posada

Cúpula Militar: Ministro de Guerra, Fernando Londoño; Jefe de Estado Mayor, General Germán Ocampo; Director del Ejército, Rafael Sánchez Amaya; y Comandante de la BIM, General Ricardo Bayona Posada

La Brigada de Institutos Militares o BIM es la actual Décimo Tercera Brigada que en 1948 consistía en las siguientes unidades: las Escuelas de Artillería, Caballería, Infantería y la Escuela de Motorización. El Batallón Caldas (ingenieros militares), el Batallón Guardia Presidencial y la Escuela Militar de Cadetes. Es importante no confundir las oficinas como el Ministerio de Guerra, el Estado Mayor o las del BIM, con las unidades militares. En estas primeras no hay tropas, solo hay unos pocos estafetas para el servicio de las oficinas y los respectivos centinelas.

La línea de mando en abril de 1948 es, el Ministro de Guerra, Dr. Fernando Londoño y Londoño, el General Germán Ocampo Jefe de Estado Mayor cuyo equivalente hoy sería Comandante de las Fuerzas Militares, el General Rafael Sánchez Amaya es el Director del Ejercito cuyo equivalente hoy sería el Comandante del Ejército y el General Ricardo Bayona Posada es el Comandante de la Brigada de Institutos Militares hoy Decimotercera Brigada.

Se prepararon y estallaron paros y choques sediciosos en Valle, en Santander, en diversos puntos del país, paros cívicos, paros de solidaridad, y así se fue creando y dilatando el ambiente necesario para la huelga general, que debía culminar en revolución política y social.

El orden público fue turbado en algunos lugares, y aparentemente renació la tranquilidad. Pero los parlamentarios liberales, con incendiarios debates en las Cámaras, y proposiciones mentirosas, se encargaron de mantener vivo y creciendo el fuego de la sedición. En Bogotá un minúsculo grupo de choferes, dirigido y respaldado por conocido agitadores, como lo fueran en Cali por comunistas extranjeros, se adueñó de la ciudad y realizó un pequeña nueve de abril que alarmó a la ciudadanía y llevó al Ministro de Guerra, entonces liberal, a pedir autorización para ponerle termino por medio de las armas, autorización que fue negada por el gobierno que en su zona conservadora, sabía que los agitadores “estaban buscando un muerto por las armas oficiales” para provocar la reacción nacional y dar al traste con el orden público. [25]

El Gral. Ricardo Bayona Posada había recién recibido en marzo, el comando de la Brigada de Institutos Militares (la guarnición de Bogotá, hoy Decimotercera Brigada). El periodo de desacuartelamiento de las tropas que habían cumplido su servicio militar se había efectuado, con lo que el pie de fuerza de Bogotá quedó muy reducido y en manos de reclutas, muchachos, muchos, sin experiencia que apenas habían ingresado y no había hecho aún prácticas de tiro. La única unidad completa y con personal antiguo que tenía el ejército, era el Batallón Guardia de Honor (Presidencial). En todas las demás guarniciones había escasez de tropas. Por lo tanto, en total eran 700 hombres, incluidos las 200 tropas del Batallón Guardia Presidencial.

“El 6 de marzo fui ascendido a general y destinado al comando de la Brigada de Institutos Militares (hoy Decimotercera Brigada), fui relevado del comando de la Tercera Brigada por el señor Coronel Rojas Pinilla y llegue a la capital de la República en los últimos días del marzo, habiendo tomado el mando de la Brigada de Institutos Militares y por lo tanto de la guarnición de Bogotá, en los primeros días del mes de abril. Es decir, en la fecha del asesinato del doctor Gaitán. Si bien tenía el mando de la Brigada, lógicamente aún desconocía la situación en la cual se encontraba dicha unidad operativa, lo único de lo cual tenía absoluta seguridad y me tenía preocupado, era que la mitad del personal de soldados apenas hacia un mes que había llegado a los cuarteles y menos de una semana de recibir los fusiles. Con reclutas de menos de un mes de instrucción militar y que aún no habían hecho la primera puntería, tendría que afrontar cualquier situación difícil o fácil que se me pudiera presentar.[26]

Gaitán y los militares

El teniente Jesús Cortés estaba acantonado en el Batallón de Manizales en 1938 cuando asesinó al periodista Eudoro Galarza Ossa. Fue juzgado y condenado. Desde entonces estaba recluido en el

El Teniente Cortés y Jorge Eliecer Gaitán

El Teniente Cortés y Jorge Eliecer Gaitán

Batallón Guardia Presidencial. Apeló la sentencia y se le volvió a hacer un nuevo juicio. Esta vez con el apoyo de sus compañeros de milicia. Algunos se acercaron al doctor Gaitán y le pidieron que lo defendiera. Ellos harían una colecta entre los oficiales para reunir los fondos necesarios para pagar los honorarios del experto penalista. Jorge Eliecer sonrió y dijo que no cobraría por la defensa del teniente Cortés. Propuso a cambio que buscaran la forma en que se pudiera emitir por radio las audiencias del juicio. La colecta entre la oficialidad se hizo y los fondos fueron utilizados en cancelar los servicios de la radio en la transmisión publica del juicio.

No existían mayores diferencias entre Jorge Eliecer Gaitán y la oficialidad militar de entonces. Muchos incluso podrían considerarse gaitanistas o al menos admiradores, sin que esto implique que las Fuerzas Armadas fuesen gaitanistas, pues por disciplina militar les estaba vetada la participación política, el voto y desde 1930 eran no deliberantes por ley.

 

La Policía de Bogotá

En la ciudad de Bogotá hay unos quinientos mil habitantes, los cuerpos de Policía estaban compuestos por quince divisiones de aproximadamente 300 hombres cada una, además de la Guardia de Cundinamarca con otros 500 agentes. Esta seguía siendo aquella policía politizada desde el año 30. Los liberales desde el congreso habían impedido su cambio o traslado. Las unidades de policía departamentales y municipales sí habían recibido algunos cambios pues la política de Unión Nacional del Gobierno había nombrado gobernadores de ambos partidos. El mismo Secretario de la Presidencia, Rafael Azula Barrero, afirmó que la policía liberal desobedecía órdenes de los gobernadores conservadores y estos se habían visto obligados en hacer cambios por personal de su confianza. También vimos como el gobernador de Boyacá, José María Villareal había introducido elementos de la vereda Chulavita en reemplazo de elementos de carácter liberal.

Alberto Niño cuenta sobre el Coronel Virgilio Barco, Director General de la Policía:

Coronel Virgilio Barco Céspedes Director de la Policía

Coronel Virgilio Barco Céspedes Director de la Policía

“mis relaciones con el no fueron siempre cordiales; estuvimos, pudiera decir, que en constante desacuerdo. Tuvo deplorables fallas por su fe ciega en la disciplina militar y en el carácter que imprime el uniforme, factores que siempre afirmó obrarían en la policía, en una policía política hasta la medula, formada con criterio de secta, seleccionada durante 16 años para perseguir a los conservadores y enfrentarse en un momento dado al ejército; policía que para ese entonces no era, como no lo fue nunca, la policía chulavita de que se hablaba, sino por el contrario, una policía gaitanista en un ochenta por ciento. Lo sabían las autoridades, pero Barco tenía plena confianza en sus subordinados de uniforme, no creía en el detectivismo y, por el contrario, antipatizaba con este y lo despreciaba. De aquí nuestro frecuentes roces; él no veía con buenos ojos los informes contra la policía, y yo no miraba bien su animadversión contra el detectivismo. -Puede ser cierto lo que me informa-, me decía alguna vez, -pero le garantizo que en caso de un conflicto yo salgo, me pongo al frente de la policía y ésta me obedece ciegamente-.”

“¡Policía política! Sí, pero policía liberal. Barco por sus condiciones de militar de carrera, dígase lo que se quiera, es un hombre apolítico. No comprende la fuerza avasalladora de la pasión política. No quiso Barco concentrar los agentes nuevos en una sola División y recoger en ella todas las armas de largo alcance en poder de la policía, como se lo sugerimos, porque, nos explicó, eso sería mortificar a sus comandantes y agentes y darles una prueba inmerecida de confianza. Sin embargo sabíamos nosotros y lo sabía él, que los agentes antiguos habían recibido instrucciones de eliminar a los nuevos en caso de una cruento conflicto político y de engrosar la revuelta. Tampoco quiso armar a los detectives, muchos de los cuales carecían de revolver.” [27]

A pesar de las serias advertencias de los altos mandos en no desacuartelar las tropas, Laureano, quien actuaba como Canciller y organizador de la Conferencia Panamericana, en conjunto con el Coronel Virgilio Barco Céspedes, oficial del Ejército, Director de la Policía, se habían puesto de acuerdo para organizar un cuerpo bien entrenado y bien equipado para salvaguardar y proteger los delegados y la Conferencia. Barco era un militar de vieja data, había sido combatiente en la guerra con el Perú en 1933, egresado de la escuela militar en diciembre de 1923. Consideraban este cuerpo policial más que suficiente. Estos agentes de la Panamericana, estrenaban uniformes y llevaban unos cascos de aluminio cuyo parecido a bacinillas había hecho que los bogotanos burlonamente los bautizaran precisamente así, bacinillos.

Otro de los comentarios que hicimos se relacionaba con el desacuartelamiento de tropas, antes de la reunión de la Conferencia Panamericana. Respecto a este punto, el General Mora nos comentó lo siguiente: “El General Sánchez Amaya y yo, —nos dijo el General Mora—, fuimos nombrados como representantes del Ejército en la Conferencia Panamericana y como tales asistimos a las reuniones preliminares o preparatorias de dicha conferencia. En una de esas charlas preparatorias, se habló respecto al personal de Policía y Militar que debería prestar servicio y responder por la seguridad, no solo de los delegados a la conferencia, sino de toda la ciudad y, como se comentara que se iba a desacuartelar el personal del Ejército que cumplía en ese entonces el tiempo de servicio en las filas, a algunos de los presentes les pareció un poco arriesgada tal medida y por mayoría resolvieron los señores comisionarnos, al General Sánchez y a mí, para que habláramos con el señor Presidente Ospina Pérez respecto a este punto. En atención a lo anterior, el General Sánchez y mi persona, tuvimos una conversación con el señor Presidente Ospina y lo pusimos al corriente de las inquietudes que tenían algunos de los delegados, respecto al desacuartelamiento de tropa. El doctor Ospina nos dijo muy claramente, que él había hablado sobre ese punto con el Presidente de la Conferencia, doctor Laureano Gómez, y que el doctor Gómez le había informado que cabalmente, para responder por la tranquilidad antes, en y después de la Conferencia, se había organizado un cuerpo especial de policía, el cual completamente adiestrado y entrenado como estaba, era más que suficiente para garantizar la completa tranquilidad, y que por lo tanto no se veía la necesidad de aplazar el desacuartelamiento de las tropas”.[28]

Aquí no suceden esas cosas terroríficas

Las investigaciones de los organismos de seguridad daban que se estaba gestando una gran alteración del orden público. En este sentido se dirigió el Jefe de Seguridad al Directorio Nacional Conservador:

Ya dije que llegó un momento en que creí necesario ponerlo al tanto de la situación según yo la veía. Le pinté el panorama nacional de acuerdo con los datos que tenía; le relaté las actividades de la CTC y aunque le dije que yo consideraba que el doctor Gaitán nada tenía que ver con los planes de subversión y se oponía a ellos, le advertí que muchos de sus tenientes, la casi totalidad de sus enemigos de izquierda, la CTC, los comunistas y todos los enemigos del orden, se proponían crear una situación de hecho que obligara al Caudillo a una definición: o colocarse a la cabeza de la subversión o hacerse a un lado. El partido continuó con su misma y añosa organización, bucólica, sentimental, taciturna y confiada.

Entre el cuatro y el cinco de abril, mis agentes me informaron que se había dado la orden para un golpe terrorista que debía realizarse ese mismo día a las cinco de la tarde. Se habían designado y despachado comisiones para dar muerte a varios políticos eminentes, volar el Capitolio y el Palacio Presidencial, incendiar El Siglo, el Palacio de Relaciones Exteriores y otros edificios y dar el asalto final sobre el gobierno. Los organizadores eran personajes de tercer orden, algunos conocidos como gaitanistas fervorosos actuando sin autorización del Jefe. [29]

Ante las últimas informaciones de inteligencia, el Jefe de Seguridad, Alberto Niño se puso en contacto con el Palacio Presidencial y el Estado Mayor. Llevó el informe a la secretaría de Presidencia y se dirigió al Director de la Policía, Coronel Virgilio Barco.

El coronel Barco me escuchó en silencio, en el despacho se hallaba un detective, abogado por cierto: Barco lo despidió con estas o semejantes palabras: “Bueno fulano, le agradezco su informe; así deben ser ellos: nada de alarmismo; nada de que van a incendiar o matar, a hacer una revuelta, porque no hay nada de eso, la carrera séptima está como de costumbre y nada se nota de anormal.” No podía ser yo objeto de una más explícita desautorización y, manifestándole que mis informes en su mayor parte provenían de elementos liberales comprometidos en el movimiento, abandoné la Dirección. Al llegar a la Prefectura, llegaron algunos de mis informantes y agentes y me manifestaron que el golpe había sido aplazado porque se había notado algún movimiento en el ejército. Avisé a Palacio y a la Dirección de Policía.

Al día siguiente al llegar a mi despacho, encontré a un comisionado del doctor Laureano Gómez con una citación verbal urgente. Me trasladé a El Siglo; el doctor Gómez me esperaba impaciente, y casi sin saludarme, me dijo, “Ayer estaba en Palacio cuando usted llevó sus tremendos informes. Azula me lo refirió todo, y eso no está bien. Usted no tiene derecho a dejarse mover por los chismosos e impacientes y alarmistas del partido. Me doy cuenta de que usted tiene graves responsabilidades por su posición oficial, pero esas mismas responsabilidades lo obligan a una discreción y seriedad absolutas. Póngales oficio a sus detectives para que no continúen inventando chismes, y filtre y estudie muchos sus informes antes de dar traslado de ellos al gobierno. Todo esto es puro alarmismo, fantasías, invenciones de desocupados. Conserve su serenidad, su equilibrio, el espíritu analítico, que son especialmente necesarios en la posición que ocupa. Este es un pueblo bueno, democrático, respetuoso, de gran fondo moral, que lucha con ardentía por sus ideales, pero incapaz de la obra cobarde del incendio, del asesinato, del crimen colectivo, En medio de todo, y a pesar de sus aparentes excesos, este pueblo tiene un gran sentido ético y una gran comprensión; es capaz de ir a la guerra civil pero no a los atentados terroristas como los que usted ha vendido informando se preparan”. Yo trataba de explicarme, pero el doctor Gómez no me lo permitía. “Nada, nada, repetía con visible calor. Ninguna de esas cosas tiene el menor fundamento. Todo es una exageración…… no se deje sorprender”.

“Mis informes”, logré argüir, “tienen origen liberal”.

“No insista repuso, leyendas, puras leyendas; no Gaitán ni el liberalismo son un peligro para la paz; el espíritu civilista del país es inconmovible. Y a propósito: usted me mandó unos detectives y eso me parece un abuso: no quiero, no acepto, no tolero detectives ni para mí ni para El Siglo”.

Le explique qué Gaitán nada tenía que ver con el complot, y que mis informes estaban confirmados por elementos comprometidos en el intento.

El doctor Gómez terminó con la siguiente frase:

 “¡Aquí no suceden esas cosas terroríficas!”[30]

Sigue

[1] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[2] Horacio Gómez Aristizábal, “El Tomentoso Laureano Gómez”, Editorial Kimpres, Bogotá, 2001.

[3] Germán Guzmán, “La Violencia en Colombia”, Bogotá

[4]Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[5] Arturo Alape, “El Bogotazo”, Editorial Planeta Colombiana SA, Bogotá, 1987

[6] Ibíd

[7] Ibíd

[8] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[9] Ibíd.

[10] Ibíd

[11] Abelardo Forero Benavides, “Habla el General Sánchez Amaya”, Semanario Sábado No. 255, Bogotá, junio 12, 1948

[12] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[13] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[14] La Marcha del Silencio se hizo el 7 de febrero de 1948. La fecha del periodista Arturo Abella está errada

[15] Arturo Abella, “Así fue el 9 de abril”, Ediciones Aquí Bogotá, Numero 1, Bogotá, abril 2 1973.

[16] Jorge Eliecer Gaitán Ayala, Oración por la paz, su más importante pieza de oratoria.

[17] Carlos Vidales Rivera

[18] Arturo Alape, “El Bogotazo”, Entrevista con Julio Ortiz Márquez, Editorial Planeta Colombiana SA, Bogotá, 1987

[19] Arturo Abella, “Así fue el 9 de abril”, Ediciones Aquí Bogotá, Numero 1, Bogotá, abril 2 1973.

[20] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[21] Horacio Gómez Aristizábal, “El Tomentoso Laureano Gómez”, Editorial Kimpres, Bogotá, 2001. Tomado de “30 años de comunismo”, Bogotá, 1960

[22] Ibíd

[23] Margarita Zuleta, “Agua y Fuego”, El Bogotazo y la Novena Conferencia Internacional Americana, Grafimpresos Ltda, Bogotá, 1998

[24] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[25] Ibíd

[26] General Ricardo Bayona Posada, “Recuerdos de un ochentón”, Editorial Kelly, Bogotá, 1984

[27] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[28] Ricardo Bayona Posada, “Recuerdos de un Ochentón”, Editorial Kelly, Bogotá, 1984

[29] Alberto Niño Heredia, “Antecedentes secretos del 9 de abril”, Editorial Pax, 1949

[30] Ibid