Tomado de “Yanquis y Latinos 200 Años” de Mariano Ospina Peña

El 25 de noviembre de 1960 en Salcedo, República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo, Dedé Mirabal se encontraba en extremo preocupada por la suerte de sus hermanas Patria, Minerva y María Teresa quienes debían haber arribado a la casa hacia las ocho de la noche. Dedé esperaba a las tres, quienes regresaban de Puerto Plata, donde visitaron a sus esposos presos por antitrujillistas. Y Dedé tenía razones de sobra para preocuparse. A causa de su persistente actividad rebelde, luchando para acabar con la dictadura, las hermanas ya habían sufrido cárcel y tortura, y rumores recientes hablaban de un posible “accidente”.

Durante la visita a la cárcel donde se encontraban recluidos, las Mirabal comentaron a sus maridos, los rumores que circulaban en Salcedo sobre la posibilidad que sufrieran un “accidente”, como se denominaba entonces la manera que utilizaba el régimen de Trujillo, con la supuesta intención de ocultar el crimen, al ordenar la desaparición de un opositor importante. Uno de los esposos, Manolo, sugirió que debían acabar con los viajes y marcharse a Puerto Plata para evitar el paso por las carreteras.

Recordó Dedé:

“En medio de la incertidumbre mandaron a un alcalde pedáneo a informarnos que pasemos por la comisaría, que las muchachas habían sufrido un accidente, el vehículo en que se transportaban las tres mujeres había caído a un barranco”,

Dedé presentía, que algo grave había sucedido a sus hermanas. Una vez en la sede de la comisaría confirmó la tragedia:

“se puso como loca, como si no estuviera en este mundo”

mientras sacudía a los policías y les decía:

“convénzanse de que fue un asesinato. Porque sabía que iban a decir que fue un accidente”.

Lo sucedido fue, que cinco miembros del SIM detuvieron el jeep en el que regresaban de la prisión, las introdujeron a empujones en un coche y las llevaron cerca de La Cumbre.

Ciriaco de la Rosa, uno de los asesinos, lo contaría más tarde:

“Eran más o menos las 19:30. Después de apresarlas, las condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas. Cumplió la orden en el acto y se llevó a una de ellas, la de las trenzas largas (María Teresa). Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta (Minerva), yo elegí a la más bajita y gordita (Patria) y Malleta, al chofer, Rufino de La Cruz. Ordené a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separadas todas para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una de ellas. Traté de evitar este horrendo crimen, pero no pude, porque tenía órdenes directas de Trujillo y Johnny Abbes García. De lo contrario, nos hubieran liquidado a todos”.

Una ola de indignación sacudió la República Dominicana. Nadie creía en la versión oficial del accidente. Todos sabían que era un crimen de estado.

A lo largo del otoño se habían hecho esfuerzos diplomáticos y económicos dirigidos a presionar a Trujillo para que abandonara el poder, y en el mejor de los casos, abandonara el país. Como era de esperar, ninguna gestión dio resultado.

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