Tomado de “Yanquis y Latinos” de Mariano Ospina Peña

El monopolio de España sobre las altas posiciones del estado, significó para las nuevas naciones, un desconocimiento total en la forma de gobierno, por lo tanto estas tardarían décadas en lograr alcanzar algún grado de estabilidad.

Las nuevas repúblicas se extendían desde Oregón y Oklahoma hasta la Patagonia. Mientras algunas aparentemente eran demasiado pequeñas para ser naciones viables, otras eran demasiado grandes y difíciles de manejar y por lo tanto convertirse en naciones coherentes rápidamente, era una quimera. Un ejemplo era México. Más del 50% de su extensión al norte eran baldíos. Hacia el sur, el Yucatán estaba aislado del centro del país, pues ni siquiera tenía una vía que lo uniese con Ciudad de México. En el sur, la cordillera de los Andes se convirtió en una infranqueable barrera natural que impedía las comunicaciones y el desarrollo. La cuenca del Amazonas era otra. La vida en las alturas de los Andes era dura. Para sobrevivir, los campesinos debían explotar microclimas, así como luchar con las erráticas lluvias. Otros eran los retos en las tropicales tierras bajas, incluidas inundaciones y huracanes. Mientras en algunas partes de América Latina, la lluvia escasea, en otras abunda en demasía. Además los terremotos y temblores de tierra son comunes por toda la cordillera occidental.[1]

Cerca de veinte millones de habitantes tenía Latinoamérica al alcanzar la independencia. El monopolio de España sobre el comercio, hizo que su incipiente producción fuese netamente para el consumo interno. Con cosechas se alimentaban y producían fibra, cuidaban ganados bovinos, ovinos, llamas, porcinos, tenían avicultura y apicultura. Cazaban, pescaban, recogían nueces, especies, y hojas de té. Con insectos producían tintes, producían plata, oro y cobre, tejían, curtían cueros, forjaban productos de hierro y tenían muchos otras actividades económicas. Muy poco se enviaba más allá de sus comunidades y mucho menos, se exportaba. La plata de Perú y México, el café y el azúcar de Brasil y Cuba y las tinturas centroamericanas tenían renombre internacional, pero con excepción de Cuba, que continuaba bajo el colonialismo español, un mínima parte se utilizaba en exportaciones.[2] Esta era la Latinoamérica que clamaba por el reconocimiento de los Estados Unidos.

La independencia de América Latina había dejado casi intacta la estructura social colonial. Este era un hecho claro para los lideres liberales de la era pos independencia latina. El liberal colombiano Ramón Mercado afirmó en 1853:

la guerra contra España no fue una revolución… La independencia solo logró arañar la superficie del problema social, sin cambiar la esencia de su naturaleza.”

Tras la independencia, las nuevas naciones latinas comenzaron una larga lucha para alcanzar estabilidad económica y política. Se enfrentaban a inmensos obstáculos ya que la independencia no llegó acompañada de reformas sociales y económicas que pudieran apurar el desarrollo. Por ejemplo, no hubo redistribución de tierras y de ingresos en favor de las clases menos favorecidas. Continuaban dominando la vida económica los grandes terratenientes, quienes se apoyaban en métodos primitivos, como la esclavitud o la labor del peón. Al suceder a las autoridades españolas, la influencia de los propietarios de tierras se incrementó en raíz al rol militar ejercido en las guerras de independencia. Sin embargo la independencia trajo la fisura entre las élites, dividiendo a los aristócratas seguidores de la vieja orden social, de otros, quienes profesaban por una burguesía democrática. La independencia también permitió grupos, como los artesanos y los gauchos, ingresar a la arena política. El espíritu que llevó a la libertad de las nuevas naciones nacía del rompimiento de los vínculos con España y las nuevas naciones comenzaron su vida republicana con leyes e instituciones similares a las heredadas del pasado colonial, con el mismo idioma y religión de las minorías dominantes.[3]

En letra, al menos, las nuevas constituciones establecieron la igualdad de todos ante la ley, destruyendo los fundamentos legales de las castas sociales coloniales. Pero al no existir cambios reales en la propiedad, la división social étnica, racial y social se mantuvo. La riqueza, el poder y prestigio se concentraba en manos de la clase gobernante, que reproducía las estructuras raciales coloniales y se identificaban con los blancos. En algunos países, incluía mestizos, quienes habían escalado en la sociedad por su destreza militar o política y de todas las castas de la vieja sociedad, el estatus de los indígenas fue el que menos cambió. El historiador mexicano Carlos María Bustamante fue uno de los pocos líderes criollos, que reconoció como la independencia no los había liberado del yugo:

aún arrastran las mismas cadenas, aunque se les halaga con el nombre de hombres libres.”[4]

En busca de la seguridad nacional y con el fin de promover sus intereses económicos, miembros del gobierno estadounidense trataron de establecer relaciones con las nuevas naciones americanas.

John Quincy Adams

Creían conocer mucho sobre el carácter básico de las gentes de la región y nadie más confiado que John Quincy Adams (Adams Jr.), Secretario de Estado y el más influyente miembro del gobierno en política exterior durante la era de la independencia latinoamericana.

Con el fin de lograr los beneficios económicos que derivaban del comercio, Adams Jr. advirtió perentoriamente a las monarquías europeas:

la situación de estas naciones los ha llevado al libre comercio con otras naciones, entre estas, los Estados Unidos. Esta situación ha existido por varios años y no podrá cambiarse sin afectar materialmente nuestros intereses.[5]

En 1820 el Senador Henry Clay urgía del gobierno del Presidente Monroe el reconocimiento de las nuevas naciones Latinoamericanas, a lo cual su Secretario de Estado, Adams Jr., se burlaba de la idea de establecer una relación de cooperación con los pueblos del área. Escribiría en su diario, “no existe comunidad de intereses ni principios entre América del Norte y América del Sur.” A Adams Jr. solo le servía el intercambio comercial favorable a su nación y le afirmaría en 1821 al Senador Clay, que él:

“… les deseaba bien en su causa, pero no he visto y aún no veo ningún prospecto para establecer instituciones gubernamentales libres o liberales…. Los latinoamericanos no conocen los primeros elementos para hacer un gobierno bueno o libre. El poder arbitrario, militar y eclesiástico fue estampado en su educación, sobre sus costumbres y en todas sus instituciones. La disensión civil fue infundida en todos sus principios seminales. La guerra y destrucción mutua estaba en todos los miembros de su organización, moral, política y física”.[6]

James Monroe

No tendría sentido sugerir que los Estados Unidos no compartían intereses con sus vecinos del sur. El comentario de Adams Jr. se debía a una educación típica de la Nueva Inglaterra en el siglo XVIII, y en particular la influencia de su padre, de quien heredó la hispanofobia.

Sin embargo tras bambalinas existía una disputa interna entre el Senador Clay y Adams Jr. Es así como la política hacia Hispanoamérica comienza a depender de los resultados de los conflictos y la política interna de los Estados Unidos. Ambos, Adams Jr. y Clay utilizaban el reconocimiento de las naciones Latinoamericanas para posicionarse en la disputa por la presidencia de los Estados Unidos.

Clay aspiraba a la Secretaría de Estado cuando el Presidente Monroe resultó electo. El cargo venía tradicionalmente como la antesala para la presidencia. Al escoger Monroe a Adams Jr., Clay reflejó amargura hacia la nueva administración. Convirtió en su caballito de batalla el reconocimiento de las naciones latinoamericanas, mientras Adams Jr. tenía que resolver la situación de las relaciones con el reino español. El Tratado Adams-Onís que había firmado el Secretario de Estado, resolviendo los asuntos limítrofes y del territorio de la Florida con España, había sido ratificado por el Congreso estadounidense en 1819, pero España convulsionada por intrigas, tanto europeas como domésticas, demoró la ratificación.

Existía una creencia general entre contemporáneos de Adams Jr., que cualquier relación con Latinoamérica sería difícil porque su comportamiento y el estadounidense eran gobernados por diferentes principios. Para el hispanófobo de Adams, no era un insulto. Simplemente aclaraba que los latinoamericanos eran hispanos y su pueblo era anglo. Para Adams y los de su generación, eso creaba un mundo de diferencia.[7]

El concepto de la superioridad de la raza anglo será fundamental en la política exterior de los Estados Unidos y así al igual que la religiosidad puritana de los “peregrinos”, estará presente en el inconsciente colectivo estadounidense.

Al no haber España ratificado aún el Tratado Adams-Onís definiendo sus límites con los Estados Unidos, el ex Presidente Tomás Jefferson le escribiría al Presidente Monroe:

No me pesa el que no se haya ratificado el tratado español. Sin excepción, para nosotros la Provincia de Techas será el estado más rico de nuestra unión.”[8]  

Por fin en febrero de 1821 España ratificó el Tratado. En él se establecía con exactitud los límites entre los Estados Unidos y los territorios coloniales de España. Los yanquis renunciaban a cualquier reclamo posterior sobre el Texas español y España entregaba su colonia de la Florida. La disculpa para no reconocer los países latinoamericanos de Adams Jr. se esfumó. A pesar de ello, fue necesaria una orden directa y explicita del Presidente.

Entonces en 1822, el Presidente Monroe afirmó que Chile, Colombia, México, Perú y las Provincias Unidas del Río de la Plata habían alcanzado la independencia y que no habría posibilidad alguna de reconquista por parte de España. El congreso estadounidense autorizó una apropiación de cien mil dólares para cubrir los costos de las representaciones diplomáticas en estas nuevas naciones.

En junio de 1822 a regañadientes, Adams Jr. presentó al representante de Colombia, el patriota Manuel Torres, al Presidente Monroe. En diciembre estableció relaciones con México. Luego en 1823 con Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata y finalmente con Perú en 1826.

Los acontecimientos para el reconocimiento de Brasil siguieron un curso diferente. Los estadounidenses, una vez superados sus resquemores contra la realeza, establecieron relaciones diplomáticas con todos los reinos europeos, incluido Portugal. David Humphreys presentó credenciales como Ministro Residente estadounidense para la Corte portuguesa en Lisboa, el 13 de mayo de 1791. Fue reemplazado por William Smith quien permaneció en Lisboa hasta 1801. Desde un principio las dos naciones tuvieron una cordial pero distante relación en razón a lo geográficamente apartadas que se encontraban.[9]

La independencia brasilera tuvo sus raíces en la invasión napoleónica a Portugal de 1807. No había ministro estadounidense en Lisboa en el momento de la invasión. En noviembre la familia real portuguesa huyó hacia Rio de Janeiro. En contraste con los estadounidenses, los británicos habían mantenido una larga relación diplomática con la Corte de Portugal, ejerciendo gran influencia en los asuntos políticos y comerciales. Así, fueron los británicos quienes convencieron a la familia real evitar el encarcelamiento de los franceses y trasladarse a Río de Janeiro bajo la protección de la armada británica. Como consecuencia directa, Brasil se convirtió en el centro administrativo del imperio portugués y Portugal se salvó de movimientos insurreccionales que por el vacío de poder, azotaron la América española.[10]

En 1808 el Príncipe regente Dom Joao decretó la apertura de los puertos brasileros a todas las naciones amigas. Los británicos fueron muy beneficiados y en 1810 firmaron un tratado comercial con Portugal. En 1809 los estadounidenses asignaron a Thomas Sumter Jr. Ministro en Río de Janeiro. Al arribar en 1810 venía con instrucciones de abrir el comercio con la colonia portuguesa. En 1809 Brasil compró casi un millón de dólares a los estadounidenses y sus buques retornaban cargados de productos agrícolas del Brasil, incluido el café cuya primera carga llegó al puerto de Philadelphia el 18 de septiembre de 1809. El comercio se duplicó en un par de años pero a raíz de la guerra de 1812, declinó y las relaciones se tornaron tensas. El hecho de que los buques militares de la armada británica recibieran refugio en Brasil molestó en extremo a los estadounidenses quienes se quejaron por la falta en Portugal de actuaron como una nación neutral. Portugal por su parte se condenó la inhabilidad de los Estados Unidos en impedir que corsarios Sur Americanos, en buques construidos en Estados Unidos, con tripulaciones estadounidenses, utilizaran los puertos estadounidenses para sus operativos en contra de los buques portugueses en el Atlántico. Dom Joao se alineó con los británicos e incluso consideró apoyarles militarmente. Tras la guerra, las relaciones continuaron en un nivel muy bajo ya que existía un muy fuerte sentimiento antimonárquico en los Estados Unidos. A pesar de Thomas Jefferson había dado una cálida bienvenida a América a Dom Joao, era una firme convencido de la superioridad en el gobierno republicano y Brasil se veía como una anormalidad en el Nuevo Mundo, especialmente en medio de las guerras independistas de la América española. Así entre 1808 y 1821 las relaciones fueron más bien conflictivas y para Portugal no había razón en buscar el favor político de los estadounidenses.[11]

En 1816 Dom Joao se había convertido en el Rey Joao VI y regresó a Lisboa en 1821, dejando a su hijo Pedro como regente. La Corte en Portugal exigió que Brasil fuese declarado de nuevo como colonia. Entonces Dom Pedro declaró la independencia de Portugal en septiembre de 1822 y un mes después fue coronado Rey Pedro I. Pedro buscaba en forma prioritaria lograr el reconocimiento de la nueva nación. Pero la negativa de Dom Joao en aceptar la independencia brasilera, impidió el reconocimiento de otros monarcas europeos quienes no estaban dispuestos a romper con su colega monarca, Joao VI. Entonces Dom Pedro por recomendación de José de Bonifácio de Andrada y Silva, su consejero de cabecera, se acercó a las naciones vecinas y solicitó el reconocimiento estadounidense.

Rey Joao VI y el Emperador Pedro I

Desde el momento de la independencia, los brasileros consideraron su nación como la potencia del continente Suramericano. En contraste con los estadounidenses, los brasileros consideraban el hecho de aún ser una monarquía, una ventaja y afirmaban la superioridad sobre sus vecinos.

Que retrato triste nos muestra América (española)” decía José Bonifácio, “durante catorce años sus pueblos se han despedazado, porque tras conocer un gobierno monárquico, aspiran establecer una licenciosa libertad. Y tras haber nadado en sangre, no son más que victimas del desorden, la pobreza y la miseria.[12]

Pero Brasil si aprovechó los estallidos independistas de las colonias españolas para su expansionismo. Aprovechando la inestabilidad en Buenos Aires, Dom Joao, antes de partir para Lisboa autorizó la invasión y toma de la Banda Oriental (hoy Uruguay y el Estado de Río Grande del Sur) y la anexó como la Provincia Cisplatina. Argentina por su parte buscaba lograr las fronteras del Virreinato de la Plata que incluía la Banda Oriental, Paraguay y el Alto Perú (Bolivia). Comenzaba entonces una batalla (además de guerra) por la hegemonía regional que duraría casi todo el siglo XIX.[13]

Los estadounidenses desconfiando del sistema monárquico, la estabilidad política del nuevo reino y la positiva actitud brasilera hacia la esclavitud, en 1822 tenían más de 1 millón de negros esclavos, pospusieron su reconocimiento hasta 1824.

Tras reconocer la independencia de las cinco nuevas naciones suramericanas, Monroe consideró la adquisición de Texas y Cuba. Adams Jr. habría afirmado el 7 de noviembre de 1823:

“sin entrar ahora en la consulta de la conveniencia de nuestra anexión de Texas o Cuba a nuestra unión, al menos deberíamos mantenernos libres de actuar según puedan presentarse emergencias”.[14]

Los patriotas cubanos solicitaron insistentemente ayuda al Libertador Simón Bolívar para lograr su anhelada independencia. El Libertador envió embarcaciones colombianas a Punta Borinquén y

Henry Clay

el litoral cubano en 1825 y 1826 con el propósito de explorar los territorios. Una  primera campaña en favor de la liberación de las Antillas españolas fue posible gracias a la suscripción del Tratado de Amistad, Liga y Confederación entre Colombia y México en octubre de 1823. El gobierno del presidente Guadalupe Victoria dispuso, dos años después, de 500 hombres decididos a incursionar en la Habana y a la espera de unos buques que se construirían en el exterior. Bolívar y el Consejo de Gobierno de la República de Colombia aprobaron la misión, para la cual se contó con el batallón Girardot y las fuerzas navales colombianas. Desafortunadamente, a todos estos planes y a los sucesivos se opondría el gobierno de los Estados Unidos, utilizando diversos medios para conjurar la liberación de territorios, que a su juicio deberían “gravitar” necesariamente hacia la Unión Norteamericana. Se trataba de proteger un territorio considerado dentro del área de interés comercial y estratégico para ellos. La posición de Estados Unidos se manifestó a través de Henry Clay, Secretario de Estado, quien en mayo de 1825 envió enérgicas misivas a los gobiernos de Colombia y México:

exigiendo la inmediata suspensión de la salida de la expedición contra Cuba o Puerto Rico que, según se entiende, se prepara en Cartagena, o de cualquier otra expedición que se pueda proyectar contra cualquiera de estas islas por Colombia o México”.[15]

Tanto Jefferson como Monroe y Adams Jr. consideraban a Cuba y Puerto Rico apéndices naturales del continente norteamericano. Adams le habría escrito al nuevo ministro estadounidense en Madrid:

“la anexión de Cuba a nuestra República Federal será indispensable para la continuidad e integridad de la misma Unión.”[16] El ya viejo ex Presidente Jefferson le diría al Presidente Monroe, “su adicción a nuestra Confederación es exactamente lo que falta para redondear nuestro poder como nación al máximo punto de interés,”[17] nuevamente Jefferson se dirige a Monroe, “confieso cándidamente que he visto siempre a Cuba como la adición más interesante que podría hacerse a nuestro sistema de estados. El control que en conjunto con el punto de la Florida, esta isla nos da sobre todo el Golfo de México y los países e istmos que le bordean, así como las aguas que en el desembocan, llenarían la medida de nuestro bienestar político.”[18]

El gobierno de Adams Jr estaba preocupado por el continuismo militar de la sociedad colombiana, una preocupación que continuaría en años posteriores. En particular tenía una fuerte oposición a cualquier expedición militar contra Cuba y Puerto Rico. Los colombianos por su parte, culpaban a España por su negativa en negociar la paz y reconocer la independencia de sus antiguas colonias. Lo que Colombia buscaba en realidad, era un compromiso español de no reforzar sus guarniciones militares en las dos islas. Guarniciones desde las cuales, España podría tratar de reconquistar sus antiguas colonias ya independientes. Por su parte los estadounidenses las veían necesarias para su defensa, al igual que España. Para los tres países resultaban vitales para preservar su seguridad nacional.[19]     

La ineptitud de Fernando VII tras su restauración en el trono español, llevó a un levantamiento en Cádiz, a principios de 1820, que nuevamente dividió a España. La fortaleza española en Lima, dividida por quienes favorecían a Fernando y aquellos favoreciendo a los reformistas de Cádiz, abrió el camino para los ejércitos colombianos del Libertador Simón Bolívar. El avance y retroceso de fuerzas realistas, argentinas y guerrilleras en el Alto Perú con sus asaltos sobre la tesorería en Potosí y las vacilaciones de la política española, dejaron al Alto Perú exhausto, confundido y con mayores deseos de ser independiente. Estos mismos factores permitieron un cuadro de antiguos realistas tomar la iniciativa, una vez vieron que los ejércitos colombianos de Bolívar prevalecerían en el Bajo Perú. Guiados por hombres como Casimiro Olañeta quien pasó en tres semanas, de fervoroso realista, en abogado por la independencia, los criollos se pasaron en masa a la causa independentista del Alto Perú creyendo que la independencia les daría autonomía de Buenos Aires y Lima e incrementaría su influencia y poder dentro de un orden económico y social sin mayores cambios.[20]

La República Dominicana declaró su independencia en 1821, pero el hispanófobo Adams se negó en reconocerla porque la consideraba una república mulata o una dependencia de la negra Haití.

La independencia centroamericana se había logrado pacíficamente en 1821 y los territorios crearon las Provincias Unidas de Centroamérica. Este proyecto político existió entre 1823 y 1840 uniendo los antiguos territorios de la Capitanía General de Guatemala. Era la unificación de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y una zona denominada Los Altos con territorios de Guatemala y Chiapas. Los mexicanos anexaron El Salvador y  ocuparon la Ciudad de Guatemala. El proyecto encontró una fuerte oposición por parte de los conservadores y en especial por la Iglesia Católica y comenzó su disolución a partir de 1838 hasta su desintegración definitiva en 1840. Desde entonces sucesivos intentos de unificación centroamericana han resultado infructuosos.

Los líderes centroamericanos moldearon su confederación en nociones liberales y racionales de gobierno y economía. Como era lógico, su agenda se estrelló con los valores y tradiciones de la cultura corporativa Habsburgo centroamericana de los siglos XVI y XVII que se habían deteriorado durante la era Borbón de los siglos XVIII y XIX, pero se acoplaban bien a las culturas y familias patriarcales. El resultado fueron una serie de guerras fratricidas, tensiones sociales y culturales, y una profunda división ideológica que en últimas acabó la confederación, apareciendo las facciones liberales y conservadoras. Cómo en gran parte de América Latina, los liberales lo eran en algunos temas pero conservadores en otros. Igual sucede con los conservadores.

Dieciocho nuevas naciones fueron creadas en la primera mitad del siglo. En gran parte de la región, la sangrienta lucha independista fue mucho más turbulenta que la de los Estados Unidos y una vez libres del control colonial, los republicanos latinoamericanos fueron claramente incapaces de tejer estados eficaces de los debilitados hilos guerreros de las fragmentadas sociedades a las cuales pertenecían.

Visitantes a las nuevas repúblicas, incluido el encargado de negocios estadounidense en Colombia, Beaufort T. Watts, quedaron consternados por el reto de forjar naciones de:

veinte millones de personas, esparcidas por un continente sin caminos, separados entre sí por inmensos baldíos, sin concierto, sin recursos y quienes ignoraban totalmente el manejo de un gobierno civil.”

Muchos estaban de acuerdo con el lamento de Bolívar en su lecho de muerte. Al recordar la obra de su vida, el Libertador concluía que la Latinoamérica republicana había revertido a un caos primitivo.[21]

El centralismo de la nueva República de Colombia, sin trazos del federalismo despreciado por el Libertador, nunca pudo funcionar en forma efectiva por que el gobierno en Bogotá, nunca tuvo los recursos humanos o materiales para imponerse en tan vasto territorio. Bolívar fue aclamado primer Presidente, pero terminó en largas campañas militares contra España, marchando hasta Bolivia y Perú. Así el control efectivo del gobierno quedó en manos del General Francisco de Paula Santander. Santander, un granadino que había dejado sus estudios de derecho para incorporarse a las filas libertadoras, a pesar de ser un militar bastante competente, sus grandes fortalezas radicaban en su capacidad administrativa y de organización. Demostró grandes dotes al organizar y administrar los nuevos territorios liberados. Santander y Bolívar se complementaban, aunque Simón era más moderado, Francisco era un poco más progresista y quien estaba dispuesto a ensayar nuevas leyes e instituciones con el fin de lograr un amplio cambio en política, economía, religión, etc.

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[1] Michael Reid, “Forgotten Continent”, Yale University Press, New Haven, 2009

[2] David Bushnell & Neil Macaulay, “The Emergence of Latin America in the Nineteenth Century”, Oxford University Press, Nueva York, 1994

[3] Benjamin Keen y Keith Haynes, “A History of Latin America, Volumen 2, Independence to Present”, Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company, Boston-New York, 2009

[4] Ibíd.

[5] Lars Schoultz, “Beneath the United States”, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1998

[6] The Diaries of John Quincy Adams, “A Digital Collection”, www.masshist.org/jqadiaries/

[7] Lars Schoultz, “Beneath the United States”, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1998

[8] Albert Ellery Bergh, “The Writings of Thomas Jefferson”, Mayo 14 de 1820, Jefferson a Monroe, The Thomas Jefferson Memorial Association, Washington, 1903-1904

[9] John Smith, “Brazil and the United States”, The University of Georgia Press, Athens Georgia, 2010

[10] Ibíd.

[11] Ibíd.

[12] Ibíd.

[13] Ibíd.

[14] The Diaries of John Quincy Adams, “A Digital Collection”, www.masshist.org/jqadiaries/

[15] Roberto González Arana, “Colombia y Cuba: Una historia común, un camino hacia la integración caribeña”, documento presentado en la  XXII Conferencia de Carribean Studies Association (CSA), realizado en Barranquilla, mayo 26-30 de 1997

[16] Abril 28 de 1823, Adams a Hugh Nelson, The Writings of John Quincy Adams

[17] Albert Ellery Bergh, “The Writings of Thomas Jefferson”, Junio 23 de 1823, Jefferson a Monroe, The Thomas Jefferson Memorial Association, Washington, 1903-1904

[18] Ibíd.

[19] Stephan J. Randall, “Colombia and the United States”, University of Georgia Press, Athens Georgia, 1992

[20] Kenneth D. Lehman, “Bolivia and the United States”, The University of Georgia Press, Athens Georgia, 1999

[21] Lars Schoultz, “Beneath the United States”, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1998