Rafael Uribe Uribe

El Hombre

Abelardo Forero Benavides: Uribe Uribe se destaca por sus eminentes condiciones complementarias: la amplitud

Julio de 1914 Rafael Uribe Uribe se dirige a la multitud en la Estación de la Sabana

Julio de 1914 Rafael Uribe Uribe se dirige a la multitud en la Estación de la Sabana

de su cultura política, el conocimiento a fondo de los problemas nacionales, la erizada facultad polémica para defender sus puntos de vista, el valor heroico en los combates, la palabra vehemente e ilustrada en el parlamento, su audacia en la guerra, su prudencia en la paz, la energía con que combatió a los gobernantes autocráticos de la Regeneración, y la comprensión de los objetivos pacíficos cuando se abrió el amanecer y se pudo pensar en hacer patria, “como decíamos cuando estábamos acabando con la poca que teníamos”.

Rafael Uribe Uribe

Rafael Uribe Uribe

En el parlamento fue una voz autorizada y enérgica ante la dramática ausencia de garantías. Le correspondió vivir y combatir una etapa muy difícil de la vida nacional. El gobierno de Núñez no se realizó de acuerdo con los programas de la Regeneración. Las garantías le eran negadas al liberalismo y el movimiento nacional que Núñez proclamó se fue alterando en su primitivo esquema y adoptó un pensamiento reaccionario y exclusivista. El liberalismo pasó a la oposición integral y en las cámaras se oyó una voz castigadora y solitaria. Entraron a negarse los derechos de la oposición. Rafael Uribe Uribe formuló sus reclamos y admoniciones que anunciaban el recurso de la guerra. En vista de que los gobiernos de la Regeneración no estaban dispuestos a convivir, se declaró la lucha y Uribe fue con Benjamín Herrera el adalid más intrépido. Había pasado el turno de la palabra. Se le ve en Peralonso y Palonegro, convertidas sus audacias heroicas en mitos. De ellos vivió el liberalismo durante medio siglo.

Pero al firmarse la paz, entró Uribe Uribe a actuar como un equilibrado y sensato estadista, en busca de la conciliación nacional. Preconizó la convivencia. Entró a colaborar en la restauración de la malferida democracia. Llegó a ser el protagonista del entendimiento, movido por patrióticas reflexiones. Y comenzó, frente a esta postulación de los ideales pacíficos, a convertirse en la víctima de los demoledores de honras ajenas, suspicaces y amargados. Y este veneno se apoderó de la mente primitiva de los sujetos anónimos que descargaron las hachas homicidas sobre las sienes del insigne conductor, que no pensaba entonces sino en la paz y en la patria.

El Asesinato

El atentado contra Uribe Uribe

El atentado contra Uribe Uribe

Ernesto Murillo: Cuando el general se presentó en el umbral de la puerta de su casa sería de la una y cuarto a la una y media pasado medio día. Bajó por la acera opuesta a aquélla en que estaban Galarza y Carvajal. Solían algunos amigos acompañarle, pero él, que nunca estaba armado, les suplicaba que lo abandonasen, tan luego como caía en la cuenta de que lo que deseaban eran guardarlo en caso de agresión. Aquel día iba completamente solo. Exagerado cumplidor de su deber, con media hora de anticipación se dirigía al Capitolio Nacional a asistir a la sesión de ese día en el Senado de la República, del cual era miembro como senador principal por la circunscripción de Antioquia, su tierra natal […] Tras él seguían sus asesinos, a cuatro o cinco metros de distancia. Galarza iba adelante y Carvajal detrás. Al llegar a la carrera sexta, es decir, al terminar la cuadra de su casa, el general echó por la mitad de la calle. Esto lo acostumbraba para poder andar más aprisa, más directamente y con menos interrupciones […] Galarza iba pues, adelante del general por la calle novena, tal vez, estorbándole el paso para dar ocasión a que Carvajal lo atacase primero por detrás. ¿Por qué no se efectuó allí el desenlace? Probablemente no se atrevieron, no estaban completamente decididos aún. Esa decisión se definió y cristalizó durante breves instantes más. El hecho es que terminó la calle novena en su parte desierta, y nada sucedió. Al llegar a la esquina de la calle novena con la carrera séptima, el general cruzó a la derecha, atravesó la calle diagonalmente y tomó la acera izquierda, la del Capitolio Nacional por el lado de oriente. Carvajal siguió a unos diez pasos detrás de él, y Galarza,

Galarza y Carvajal, los asesinos

Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, los asesinos

por la mitad de la calle, a la derecha. Un señor que pasó hacia el sur saludó al general y éste le contestó el saludo. La cuadra estaba casi desierta; a esa hora poca es la gente que, después de almorzar, se encamina ya a sus ocupaciones de la tarde, las cuales por lo general no comienzan hasta las dos. He aquí lo que se deduce de los relatos de Galarza y Carvajal acerca de lo que aconteció luego: De pronto y al llegar como a la mitad de la cuadra, Galarza se adelantó al general, subió al embaldosado por donde éste iba, se devolvió luego y, levantando el hacha, que llevaba lista bajo la ruana, le dijo: “Usted es el que nos tiene fregados” y le lanzó un golpe que le dirigió sobre la cabeza y dizque le cayó arriba de la frente, del lado izquierdo. Al recibir este golpe, el general tambaleó, se inclinó inmediatamente hacia adelante y cayó boca abajo, sin quejarse siquiera. Se detuvo Galarza un momento para zafarse de la mano el hacha y guardarla en el bolsillo izquierdo del saco y para decir a Carvajal: “Jesús” (como quien dice: ahora te toca a tí). En seguida se bajó de la acera, miró a la víctima de soslayo y al convencerse de que la había asegurado, regresó por el pie del enlosado hacia la esquina de la calle novena […] Carvajal se acercó entonces al general, quien arrojaba mucha sangre por la herida que le había hecho Galarza; sacó de entre la pretina del pantalón la hachuela y, a pesar del susto que sintió […] le descargó dos hachazos por la cabeza, por encima, con increíble ferocidad, tanteando al segundo golpe la parte en que le debía asestar, como para dividirle la cabeza, y le dirigió después una sonrisa sardónica […]

Uribe U prensaLa Agonía

El Dr. Luis Zea Uribe atendió a Rafael Uribe Uribe en sus últimos momentos tras el atentado de Carvajal y Galarza:

Luís Zea Uribe: El día 15 de los corrientes, cerca de una la una y media de la tarde subía yo, como tengo de costumbre, a mi consultorio de la carrera 6a, cerca del palacio de San Carlos. Al atravesar la plaza de Bolívar, por el costado sur, frente al capitolio Nacional, alcancé a ver alguna agitación en la esquina sureste de la referida plaza, en el punto en que la carrera 7a. corta con la calle 10. En esa hora del día no es raro encontrar bastante concurrido este lugar, debido a que gran número de gentes esperan la entrada a las sesiones del Congreso, y aguardan la oportunidad de ocupar puesto en las barras del Senado o en las de la Cámara de Representantes. En el momento de llegar a la susodicha esquina vi algunas personas que corrían por el costado oriental del Capitolio, y oí la voz del señor Juan Bautista Moreno Arango, quien me gritó: “Corra, doctor, que acaban de asesinar al general Uribe a hachazos y allí lo llevan para la casa.”

Sin averiguar detalles emprendí la carrera hacia la casa del herido, y para evitar el tumulto que obstruía el paso, crucé por delante de la Iglesia de San Ignacio; doblé al sur frente a San Carlos y llegué a la calle 9a, desde donde vi, a la distancia de una cuadra, la puerta de la casa del General, por donde entraban o salían atropelladamente muchas personas. Las gentes se iban abriendo a mi paso, y aun me facilitaban el tránsito diciendo a los de adelante: “apártense que ahí va un médico”. Crucé el zaguán, ascendí rápidamente la escalera y hallé al General Uribe Uribe instalado en la pieza que da frente al vestíbulo. Una gran multitud se apiñaba alrededor del lecho del herido, de tal modo que al estrecharse para abrirme campo, se hizo presión contra el catre de hierro que ocupaba y saltaron las barandas con estrépito. El lecho resistió sólidamente.

El doctor Carlos Adolfo Urueta, hijo político del general, se hallaba sobre el lecho, abrazaba amorosamente al herido y lloraba como un niño. Yo lo aparté, y al volver el rostro vi al doctor José Tomás Henao, llegado unos segundos antes que yo, y en quien tenía un colega habilísimo para afrontar las exigencias del momento. Tanto el doctor Henao como yo pedimos a las gentes enloquecidas que rodeaban al herido, gasas, agua hervida y algodones. El general Uribe estaba recostado en las almohadas en desorden, y daba la impresión de un hombre a quien se hubiese metido de cabeza en una tina de sangre. Evidentemente no se daba cuenta de lo que le había pasado, y por un movimiento automático se llevaba la mano a la región del cráneo, donde parecía hallarse la herida principal. El aspecto del rostro, a través de los mil hilos de sangre, era inconocible, con una palidez mortal de cera, por la abundante hemorragia. Tenía una contusión de segundo grado, en el pómulo derecho, que hacía asimétrica la fisonomía y desfiguraba la expresión; de una herida linear situada en el pómulo izquierdo y causada con instrumento cortante, se desprendían varios chorros rojos que caían sobre el pecho e impregnaban los vestidos. Sin cuello, desabrochado, con el borde de sus ropas de paño y aun el de la casa retirados hacia los hombros, mostraba un busto vacilante y pálido; y agitaba la cabeza de derecha a izquierda, como si no pudiese sostenerla. En la región frontal izquierda, cerca del nacimiento del pelo, existía una contusión grande, en donde la epidermis había sido dilacerada, lo cual hacía aparecer el punto herido como una mancha roja. La cabeza era un solo coágulo sangriento. El General tenía sus cabellos naturalmente ensortijados y de cada uno de esos bucles chorreaba sangre. Al explorarle la cabeza para aplicarle la primera planchuela de algodón aséptico que llegó a nuestras manos, se notó en la región en que los parietales se juntan, y a una distancia igual de la coronilla o vértex y del nacimiento del pelo sobre la frente, una herida circular causada con instrumento cortante, que llegaba hasta el cráneo sin herir el hueso. Aquí la lámina afilada había tajado los tejidos blandos, exactamente como la cuchilla de una navaja taja la parte carnosa de una fruta. Sobre la región parietal derecha, llegando hasta la línea media, en esa parte en que el hueso toma un declive para articularse al occipital, en la vecindad (de la coronilla había una amplia herida) de bordes irregulares y gruesos, que era la que sangraba más. Sin darnos cuenta exacta por lo pronto de la magnitud de la lesión, se aplicó en este sitio una gruesa capa de algodón aséptico y se comprimió fuerte-mente. El doctor José María Lombana Barreneche, quien había ocurrido desde los primeros momentos y llevaba un estuche de cirujano, me facilitó unas tijeras curvas, con las cuales empecé a cortar el pelo por su raíz, alrededor de la herida. Ya había llegado agua hervida. El doctor Henao y yo nos lavamos para hacer una exploración; la hemorragia se había con-tenido un tanto bajo el algodón que se sostenía con fuerza, pero el general se agitaba, se movía a un lado y a otro, se llevaba las manos a la cabeza y hasta trataba de incorporarse. Sábanas, colchas, almohadas, todo lo que había tenido contacto con él, se hallaba teñido de escarlata. En uno de esos momentos se enderezó sobre el lecho, como buscando algo con las manos; se le adivinó el pensamiento y se le alargó un vaso de noche. Pudo ponerse en pie, pero se notó entonces que tenía incoordinación en las manos y tambaleaba como quien va a caer. Fue sostenido por algunos de los circunstantes y se colocó nuevamente en el lecho, con los brazos a lo largo del cuerpo y en estado sincopal. Hasta estos momentos el aspecto del General no era el de un hombre en estado comatoso; hablaba a veces, pero monosílabos, frases inconexas, proposiciones sueltas, sin sentido completo. La cadena de su raciocino normal había sido rota y solo se mostraban aislados eslabones. Le oímos decir: “pero, hombre…!”, “¡Sí, pues..!”, “¿Qué es esto?”, “¡Déjenme!” La mirada era vaga, un tanto inmóvil, como la de una persona que bruscamente se encuentra en la oscuridad.

Al caer en el lecho, después del transitorio desmayo, con los ojos cerrados, estuvo unos pocos instantes silencioso,

Hachuelas de Galarza y Carvajal que utilizaron como armas para matar a Rafael Uribe Uribe

Hachuelas de Galarza y Carvajal que utilizaron como arma para asesinar a Rafael Uribe Uribe

pero empezó a agitarse nuevamente y a quejarse en alta voz. El doctor Henao y yo exploramos la grande herida. Con el índice se recorrió toda la extensión de la diéresis en los tejidos blandos; se recorrió el hueso y hallóse que el cráneo había sido roto, en sección neta de dirección horizontal, lo que demostraba que el agresor no había tirado el hacha verticalmente, sino que había buscado uno de los lados de la víctima para herirla con mayor acierto y comodidad. Los bordes de la sección ósea estaban a diferente nivel, y parecía que el segmento superior era más saliente que el inferior, sin poderse precisar cuál de los dos era móvil. Esto nos hizo pedir por teléfono a la Casa de Salud del señor Manuel V. Peña, que a la mayor brevedad posible, en el término de la distancia, se trajese todo lo necesario para hacer una trepanación. Taponamos cuidadosamente con gasas la herida, se aplicaron nuevas planchuelas de algodón y se envolvió la cabeza del herido en vendajes de urgencia. El pulso del paciente había sido al principio amplio y lento, pero des-de hacía un rato se había tornado depresible y aumentaba en rapidez. En cuanto a él, estaba muy poco tranquilo; se agitaba de cuando en cuando para llevarse la mano a la cabeza, se quejaba ruidosamente con la sílaba “uh. . . uuuh.”.. y hablaba: “Informes del Estado Mayor”, “Por el orden de los acontecimientos… se deduce… seguido…”, “Yo creo, señor Presidente”, etc., en ocasiones parecía despertar de su atolondramiento, miraba en torno y trataba de volverse boca abajo en la cama. Se le ofrecía agua que pasaba a grandes tragos, con avidez. Se habló de darle trozos de hielo o agua con Brandy, pero él dijo con voz fuerte y bien timbrada: “Agua pura para calmar la sed…”. Se le incorporó un tanto, se le presentó una vasija llena de agua fresca y apuró… apuró hasta saciarse. Luego se dejó caer pesadamente sobre el lecho y continuó quejándose.

Entretanto la multitud había invadido la casa y las calles adyacentes. Guardias a la entrada, guardias en la escalera y centinelas a las puertas del cuarto del herido, impedían la afluencia de gentes que, no obstante tales medidas, colmaban las habitaciones. El patio de la casa se hallaba lleno de hombres del pueblo; en la calle se apretujaba la multitud conmovida y nerviosa y de tiempo en tiempo surgían gritos de “!viva el general Rafael Uribe Uribe!, que contestaban las turbas a lo lejos.

Por la tarde, entre las cinco y las seis, se le inyectó por vía intravenosa una gran cantidad de suero isotónico de Hayem, cerca de setecientos cincuenta gramos, y con esto, y segura-mente porque ya las otras aplicaciones estaban correspondiendo a su objeto, empezó a dar señales de una reacción favorable. Volvió a quejarse; el pulso se hizo perceptible y aun tornó a hablar. Lo que decía en tales momentos, indicaba una incoordinación completa. Largas frases de palabras ininteligibles, terminadas a veces por sílabas estoglósicas, la-rala-lara… que se ahogaban en su garganta en un murmullo. De pronto llamó con voz fuerte a su señora esposa: “¡Tulia! ¡Tulia!”: A mí me parecía que éstas eran voces automáticas, in-conscientes, y aun fui de opinión que no llamaran a la pobre señora, que se moría de dolor en una alcoba apartada; pero alguna persona intervino, y la esposa del general, loca de pena, ahogada por las lágrimas, entró a poco momento: “¡Hijo querido, aquí estoy! ¡Yo soy! ¿Cómo te sientes? ¿Qué deseas?” El General vaciló un instante y luego exclamó con voz sonora: “¡Yo que voy a saber!”: La señora fue retirada discretamente del cuarto.

Tres mil gramos de suero en inyecciones subcutáneas e intravenosas: inyecciones macizas de aceite alcanforado, cafeína, estricnina, pituitrina, agua con Brandy, más los cuidados de multitud de médicos y de practicantes que estaban al pie del lecho, no habían logrado me-jorar la situación. La hemorragia estaba virtualmente contenida, pero a pesar de ello la herida de la masa cerebral y la abundante pérdida de sangre anterior, habían determinado la inhibición de los centros que regularizan la contracción cardiaca, y el pulso volvía a perderse, sobre todo en la radial izquierda, pues en la radial derecha se conservó por algún tiempo más sensible. Después de practicada la operación y probablemente a consecuencia de la compresión que determinaban las gasas aplicadas sobre el cerebro, se notaron convulsiones fuertes, especialmente en los miembros inferiores, lo que hacía que siempre hubiese a cada lado del herido cuatro o cinco personas conteniéndolo. La noche se había entrado hacía rato, y el General iba cayendo de modo continuo.

De pronto largas tiradas de frases inconscientes, quejidos largos, ruidosos y lastimeros. En uno de estos momentos el doctor Putnam, que se hallaba a la cabecera del lecho, le dijo: “Sientes dolores, Rafael?” y él contestó con voz timbrada todavía: “Figúrate si no!”. Cerca de las once de la noche entraron junto al lecho del general dos miembros de la Compañía de Jesús; se me dijo que el uno era el reverendo padre Jáuregui, y el otro, a quien conozco personalmente, era el hermano don Manuel Gaviria, natural de Medellín. El sacerdote le ofreció sus servicios con gran cariño y bondad, y el herido, como si se diese cuenta de lo que pasaba, respondió: “Gracias”.

El Entierro de de Uribe Uribe

El Entierro de de Uribe Uribe

Hacía rato que se había presentado el vómito. Devolvía el agua ingerida, mezclada a glerosidades sanguinolentas, seguramente provenientes de sangre de las vías aéreas superiores, que perdiera por la herida que recibió en el pómulo izquierdo, debajo del ojo. A veces se escapaban hilillos de sangre de las ventanas de la nariz, que empapaban los mostachos, antes de guías erectas y triunfales, y ahora caídos, impregnados de fibrina y humedad. Un sudor frío y abundante empapaba y enfriaba la piel, y a pesar de hallarse rodeado de botellas con agua caliente, la temperatura era de entre 35 a 36 grados. El pulso, imposible de apreciarse ya en las arterias de uno y otro antebrazo, ni en las temporales, era sensible únicamente en las carótidas, donde podían contarse hasta ciento sesenta latidos; pero me-nos que pulsaciones, era aquello un rapidísimo vaivén oscilatorio. Y sin embargo el herido se agitaba, se sacudía con repetidas convulsiones y hacía movimientos amplios que imponían la necesidad de sujetarlo. El quejido se había hecho largo, y tan fuerte, que era oído de toda la casa. Un “¡uh uuuhuhuuuh!” en crescendo lastimero hasta donde le alcanzaba la respiración.

Cerca de las dos de la mañana, y cuando aquella situación de angustia inenarrable parecía sostenerse todavía, se agitó un instante y gritó tan recio que pudieron oír desde apartadas alcobas: “¡Lo último! ¡Lo último!.., ¡Lo último!”. Sobrevino una regurgitación y luego un estertor traqueal; poco después expiró.

Envuelto en sábanas, limpio de sangre, con la cabeza ceñida por blancas telas, se le colocó en su ataúd, y entre blandones se instaló el túmulo en la sala principal de la casa. Parte de los miembros de la familia fueron llegando, desechos en llanto, y dando lugar a escenas conmovedoras. En un rincón unas Hermanas de la caridad estaban orando en voz baja; la multitud rompía en sollozos, y muchos de los amigos del esclarecido muerto, lloraban, abiertas las ventanas, y como si quisieran desahogar sus pulmones en el aire de la noche.