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Mariano Ospina Peña

Roosevelt de inmediato envió por sus más cercanos colaboradores. En minutos llegó John Hay, el Secretario de Estado acompañado por su segundo, Loomis. El Secretario de la Armada William Moody estaba aún fuera de Washington por lo que llegó su segundo, Charles H. Darling seguido por el Contralmirante Taylor, Jefe de la Oficina de Navegación, con dos asistentes. Una conferencia de crisis comenzó en la oficina del Presidente.

La Casa Blanca en 1900, sede del gobierno estadounidense

El “no hubo derramamiento de sangre” de Ehrman eran buenas noticias y aparentemente Arango, Boyd y Arias eficientemente ejecutaban su plan. Pero la presencia de esos soldados en Colón era verdaderamente seria (y lo sería aún más cuando Madman Teddy se enterara de que no eran 400 sino 500). En ambas costas, hasta ese momento, el USS Nashville era la única presencia oficial del gobierno estadounidense. Los cañones de Hubbard y sus marines podrían no ser suficientes para impedir que el batallón colombiano llegara hasta Ciudad de Panamá y aplastara la revolución. Por lo tanto era imperante mantener las tropas de Tobar en el lado caribeño. Pero para ello se debía encontrar una razón legal dentro de los artículos del tratado de 1846.

Madman Teddy recordaba que a inicios de su gobierno, el Departamento de Estado había bloqueado un cargamento de armas rebeldes en el ferrocarril, bajo la premisa de que estas se podrían utilizar para evitar el transporte ferroviario. ¿Podría utilizarse la misma disculpa ahora para justificar bloquear un cargamento de soldados cuya única misión era mantener la integridad de la República colombiana? Para Madman Teddy si lo era, y autorizó instrucciones al Departamento de la Armada para cifrar y enviar los siguientes cables:

“Para el Nashville: Por la paz haga todo lo posible para evitar las tropas gubernamentales de Colombia procedan hasta Ciudad de Panamá. El tránsito debe permanecer abierto y el orden mantenido.”

“Dirijan el (USS) Atlanta a todo velocidad a Colón.”

“También el (USS) Boston a Ciudad de Panamá”

“Repitan todos las órdenes de ayer.”

Es importante anotar que estas instrucciones carecían de la referencia a mantener la más absoluta neutralidad que se imponía a los comandantes estadounidenses en otras crisis en el istmo. Hacia las 10:30pm las órdenes para Hubbard estaban firmadas por Hay y listas para transmisión. Otras órdenes fueron enviadas a otros buques aunque poco podrían hacer para llegar rápidamente. El Atlanta, antes de unirse al Nashville debía terminar de cargar en Kingston, el Boston aún no había superado las costas Hondureñas y el resto del escuadrón del Pacífico necesitaría por lo menos tres días más para llegar a Ciudad de Panamá. Pero al menos, el Dixie se aproximaba a Colón y Hubbard lo podría utilizar. Quince minutos después, la conferencia en la Casa Blanca terminó tras recibir otro cable de Ciudad de Panamá en el cual una cañonera del gobierno colombiano había disparado algunas rondas sobre la ciudad de Panamá matando un chino en Salsipuedes e hiriendo mortalmente un burro. Si esa era la furia colombiana, el Presidente podía irse a dormir tranquilamente.[1]

El 4 de Noviembre

La mañana siguiente la palabra revolución en molde grande, ocupaba la primera página del Washington Post. La mayoría de los periódicos trataban la historia de Ciudad de Panamá como si fuera el predecible final de una novela por episodios. De todos modos el World de Nueva York, hacía casi cuatro meses había anticipado el final e incluso había con precisión pronosticado la fecha de ayer para los acontecimientos. Este aparente desinterés del público estadounidense sobre los acontecimientos de Panamá, permitían que Madman Teddy y sus secuaces, Hay, Loomis y Darling se dedicaran por completa sobre el problema de las tropas en Colón.

En Ciudad de Panamá se lee en la plaza la “Declaración de la Independencia” y el sobornado médico colombiano Amador Guerrero dice: “El mundo está asombrado de nuestro heroísmo. Ayer éramos esclavos de Colombia; hoy somos libres. El presidente Roosevelt ha cumplido. Hijos libres de Panamá os saludo. ¡Viva la República de Panamá! ¡Viva el presidente Roosevelt! ¡Viva el gobierno norteamericano!”

Entonces el presidente sugirió dar a cada uno de los héroes 50 dólares en oro, según lo prometido. Así se hizo, entre renovadas ovaciones por Norteamérica y Roosevelt. Huertas fue llevado en andas en un sillón ornado, mientras el cónsul norteamericano, Ehrman, marchaba a un lado con una bandera norteamericana y Amador lo hacía del otro con el nuevo emblema de Panamá.[2]

En Colón

Entonces el Comandante Hubbard del USS Nashville ordenó se negara el transporte en el ferrocarril del Batallón Tiradores al mando del Coronel Eliseo Torres, a Ciudad de Panamá. Eso significaba que si Torres deseaba reunirse con sus mandos superiores (aún no sabía de las capturas de sus superiores por Huertas) tendría que hacer el recorrido de 30 kilómetros a pie por un embarrado y angosto camino de herradura, a través de una selva húmeda e inhóspita.

Hubbard informó por escrito al Coronel Shaler que cualquier “redistribución” de tropas, leales o revolucionarias:

“traerá con seguridad, un conflicto y amenaza el libre y sin interrumpido tránsito del istmo, el cual el gobierno de los Estados Unidos se ha comprometido en mantener.”[3]

El Comandante Hubbard del USS Nashville informa al Cónsul Malmros que ha ordenado al superintendente del Ferrocarril de Panamá detener el envío de tropas colombianas desde Colón a la ciudad de Panamá y de la ciudad de Panamá a Colón

Entonces al amanecer del día 4 de noviembre, el Coronel Eliseo Torres, muy inquieto por la falta de transporte para él y sus hombres se presentó ante el Coronel Shaler, superintendente del Ferrocarril a reclamarle su falta en lograrles la movilización hasta Ciudad de Panamá. Ante la enérgica insistencia de Torres, Shaler se vio obligado en mostrarle las órdenes del comandante Hubbard y le pidió a Torres su colaboración ya que la orden aplicaba para “ambos bandos”. El Coronel Torres reaccionó con furia. Había un ex-militar gringo, un extranjero, negándole a él y sus tropas, la autoridad legítima en el istmo, el derecho a cruzar por su propio país. Torres no sabía si la nota se refería a una insurrección en Ciudad de Panamá o una batalla internacional en el mismo Colón. No podía entender lo sucedido. Su nerviosismo de estar alejado de sus mandos superiores creció.

Llegaba entonces el tren de media mañana desde Ciudad de Panamá y con el llegaban las primeras noticias de los sucesos del día anterior. Porfirio Meléndez y Orondaste Martínez se acercaron a Torres y le invitaron a un trago en el Hotel Astor donde le confirmaron lo que el militar colombiano sospechaba: Panamá se había separado de Colombia. La seguridad de la nueva república era garantizada por los Estados Unidos quienes ya habían enviado más buques de guerra. El general Tobar en Ciudad de Panamá, estaba preso con todo su Estado Mayor. Los panameños apoyaban la revolución, así que resistir era inútil.

“Si el Coronel Torres fuese tan amable en ordenar a sus hombres deponer las armas, la Junta de Gobierno proveería raciones y pasajes de regreso a Barranquilla p

Capitán Horacio M. Witzel

ara toda la tropa.”

Torres, acompañado del Segundo Comandante y los capitanes del Batallón, frenético se dirigió al Prefecto de Policía de Colón, general Pedro A. Cuadros quien le confirmó las ordenes del comandante Hubbard además de una propuesta de la junta provisional en Panamá para deponer las armas y regresar a Colombia.

Torres entonces decide apoderarse de un tren para trasladarse inmediatamente al rescate de sus jefes. Sin embargo Cuadros le informa que el puente sobre el Chagres estaba minado para que no pudieran pasar las tropas colombianas. Entonces decide el comandante colombiano, andar a pie hasta Panamá. Esta era una marcha de más de 70 kilómetros por una vía estrecha e inhóspita con cien cajas dobles de munición. Entonces el pobre diablo advirtió a Cuadros que declararía el estado y soltó la amenaza para el cónsul estadounidense Malmros:

“Si mi general Tobar y mi general Amaya no son liberados para las 2 de la tarde, ordenaré abrir fuego sobre toda la población y pasaremos por las armas a todos los americanos aquí”[4]

El comandante Hubbard contó luego: “A la 1pm del día 4 de noviembre me llamaron desde tierra por medio de señal previamente convenida. Encontré en el muelle al cónsul de los Estados Unidos, Míster Malmros, al Vicecónsul, Míster Hyatt, y al coronel Shaler, superintendente del ferrocarril. El cónsul me informó haber recibido del jefe

El New York Tribune de nov 5 titula en primera página “Marines desembarcan en Colon” y en seguida narra “Los hombres del Nashville hacen barricadas para proteger estadounidenses buscando amparo”

de las tropas colombianas, coronel Torres, por conducto del Prefecto de Colón, aviso de que si los generales colombianos Tobar y Amaya, hechos prisioneros, no eran puestos en libertad antes de las 2pm de hoy, él, Torres, abriría fuego sobre la ciudad y mataría a todos los ciudadanos estadounidenses que encontrase; por lo que me pedían consejo y esperaban de actuar en su defensa. Recomendé que todos los ciudadanos estadounidenses se refugiasen en el depósito de piedra que servía de estación del ferrocarril y que sirve admirablemente para la defensa, y dispuse desembarcar inmediatamente un escuadrón de marines, tan numeroso como posible, con armas adicionales para los ciudadanos. Habiendo convenido así, regresé inmediatamente abordo y di la orden de desembarco. A la 1:30pm se trasladaron en sus botes 42 hombres, como el caso urgía, mandé que se tomaran el edificio mencionado  y lo pusieran en las mejores condiciones posibles para la protección de las vidas de los ciudadanos allí reunidos. Ordené no abrir fuego mientras no se les hiciera a ellos.”[5]

 

Entonces 42 marines fuertemente armados al mando del capitán de corbeta (lieutenant commander) Horace M. Witzel desembarcaron con el fin de defender a los cuantiosos estadounidenses

presentes en la ciudad, además había un consulado estadounidense y en Colón estaba el terminal para el también estadounidense Ferrocarril de Panamá. Witzel, con sus hombres se atrincheró en el depósito del ferrocarril y el USS Nashville levó anclas y comenzó a patrullar la costa con sus cañones amenazadoramente apuntando hacia la ciudad.

El cañonero Cartagena, al mando del cobarde general Elías Borrero, al ver que el Nashville entraba en zafarrancho de combate, de inmediato se retiró del muelle y a máxima velocidad salió del alcance de los cañones de los gringos, dejando al Batallón Tiradores y su comandante, tirados a su suerte. Sin inmutarse, el coronel Torres ordenó a sus hombres rodear el depósito del ferrocarril. Durante los siguientes noventa minutos las tropas colombianas se aproximaron a la edificación buscando intimidar o provocar a los yanquis bien resguardados tras los muros de la Estación del Ferrocarril. Torres pensó que había llegado a punto muerto y se acercó a la Estación con el fin de dialogar. Solicitó él envió de un pequeño contingente de oficiales hasta Ciudad de Panamá en busca de instrucciones del general Tobar a lo cual los yanquis accedieron. Adicionalmente hizo una propuesta para ambas partes retirarse, los colombianos hacia la salida de la población en un sitio denominado Monkey Hill, los estadounidenses se embarcaban de nuevo en el Nashville. Hubbard aceptó en vista de no haber ninguna clase de dificultad.

El pobre diablo de Torres en vez de irse a marchas forzadas hasta Panamá y dejar hombres apostados en la Estación del Ferrocarril, les hizo el juego a los gringos.

En las horas de la mañana del día 5, los hombres del Nashville en forma apresurada desembarcan a tomar posiciones. Esta vez se apoyan en 2 cañones QF de 1 libra montados sobre vagones de plataforma. Así pasaría un día más, con los dos comandantes buscando alguna ventaja. Sin embargo Hubbard se mantuvo en que no permitiría el uso del ferrocarril por las tropas colombianas. A pesar de la tensión ambas partes tratan de mantener la civilidad.

Hubbard, numéricamente en desventaja sabía que si se retiraba, se abría el camino para las tropas colombianas tomar y abordar el tren y rápidamente acabar con la revuelta en Ciudad de Panamá. Sus preocupaciones aumentan cuando sabe por medio de una fuente de inteligencia local, que un buque comercial había salido de Cartagena con tropas adicionales hacia Panamá.[6]

En Nueva York, el francés Philippe Bunau-Varilla recibía un cable de Amador en Panamá. Sin embargo no era el telegrama que él esperaba, el de su nombramiento como Ministro Plenipotenciario de Panamá. El colombiano solicitaba cien mil pesos. Philippe decidió enviarle la mitad. 50 mil pesos, eran unos 25 mil dólares, apenas una cuarta parte de lo acordado. Si los miembros de la Junta querían el resto, tendrían que asegurarle la embajada en Washington. También tendrían que poder asegurar que controlaban ambas costas. Así que respondió en cable:

“Con toda posible insistencia, les recomiendo tomarse Colón.”

El cobarde general Pompilio Gutiérrez

Pompilio Gutiérrez Arango (1870-1943) era hijo de José María Gutiérrez Álvarez y Anselma Arango Uribe. Había nacido en Abejorral pero radicó

General Pompilio Gutiérrez Arango

desde muy joven en Manizales. Hizo toda la carrera militar hasta llegar a general. Gutiérrez había luchado en la Guerra de los Mil Días en el Tolima donde se había enfrentado con mucho éxito al guerrillero, el “negro” Marín, además de haber militado en el istmo a finales de la guerra. Fue jefe de telégrafos y administrador de aduanas en Ipiales. Visitador fiscal de Antioquia y Caldas. Gobernador de Antioquia entre el 27 de febrero y el 12 de junio de 1903. Representante a la Cámara, diputado a la Asamblea de Caldas, sexto gobernador de Caldas entre 1918 y 1923. Incursionó en negocios de arriería, fue contratista de correos y rematador de rentas departamentales. Luego de retirarse de la vida pública se dedicó a la agricultura en el Valle del Cauca. Falleció ahogado en Zarzal, Valle.[7]

Según Vásquez Cobo, Pompilio Gutiérrez, a pesar de haberse ofrecido, no fue nombrado en Panamá porque en la campaña de 1902 había perdido su prestigio militar, cuando su ejército estaba detenido en Aguadulce y el general Perdomo tuvo que ir en su ayuda, entonces regresó al interior. En ese momento el gobierno le había expedido un pasaporte oficial y $14 mil pesos con el fin de informar los sucesos de Panamá.

Hacia las 11am llegó a Colón el vapor mercante Jennings de bandera austriaca y en él venía embarcado el general Pompilio Gutiérrez Arango quien llegaba en viaje de negocios a Panamá con la misión encomendada. Al saber Torres sobre la llegada del general Gutiérrez, de inmediato lo buscó creyendo que el alto oficial podría, a falta de sus superiores capturados en Ciudad de Panamá, tomar el mando del batallón y salvar la situación. A pesar de las órdenes del comandante Hubbard de impedir el desembarco en Colón, el cónsul francés logró gestionarlo con la condición que Gutiérrez reembarcaría de nuevo. La verdad es que Gutiérrez en forma cobarde le aconsejó a Torres reembarcar su tropa y dirigirse a Cartagena.

“Pues ocurrió que el valeroso don Pompilio, después de entrevistarse en el Hotel Suizo con Torres a quien acompañaba (el traidor colombiano) Orondaste Martínez; luego de manifestarle que no podía hacerse cargo del batallón ‘porque él no tenía misión ni cargo militar en esos, ni habría podido entenderse con los norteamericanos por carecer de credenciales para ello’; y, en fin, de aconsejar a Torres que permaneciera en Colón y reuniera consejo de oficiales para pedirles opinión autorizada sobre lo que debía hacer, el valeroso don Pompilio, no obstante –dice él mismo- haberme sentido inclinado a ponerme al frente de las fuerzas y cargar contra los extranjeros que humillaban mi patria y morir por ella, deje más bien que la voz de la razón ahogara la del sentimiento y resolví cumplir mi palabra de reembarcarme en el vapor Orinoco.

Según el abogado Juan Antonio Henríquez:

“Yo le oí (a Eliseo Torres) expresiones de desesperación y desaliento cuando el general Pompilio Gutiérrez rehusó venir en su ayuda. Torres le dijo: Si usted que es un general de tanta fama en mi patria, se niega a ayudarme y a aconsejarme sobre lo que yo debo hacer, yo, que apenas soy un oscuro oficial, no puedo soportar tanta responsabilidad.”

A Henríquez le repreguntaron: ¿Le oyó usted decir eso a Torres?

Henriquez se ratificó: “Si, se lo oí.”

Es más el comandante de la Primera Compañía, capitán Isaías Rojas atestiguó la insistencia de Torres ante Gutiérrez:

Antes de que estuviese reembarcado el parque, el coronel Torres propuso, nuevamente al general Pompilio Gutiérrez, que tomara el mando del batallón, a lo cual respondió: Que hiciera lo que a bien tuviera, pues él no era empleado del gobierno y que había ido a Panamá en asuntos particulares.

Esta actitud elusiva, por decir lo menos, de Pompilio Gutiérrez, le valió completo desprestigio y gran animosidad en toda Colombia durante mucho tiempo. Al llegar a Cartagena, fue sometido a indagatorias más o menos benévolas por las autoridades locales; pero cuando pasó por Magangué, la recepción que allí se le hizo no fue cordial, como se desprende de esta noticia que aparece publicada en la edición del 5 de enero de 1904 de El Nuevo Tiempo bajo el título “Panamismo”:

“Sabemos de buena fuente que la noche del 23 del presente mes (diciembre), al atracar el vapor Cauca al puerto de Magangué, el pueblo de este lugar, al saber que a bordo de aquel vapor estaba el señor general Pompilio Gutiérrez, se aglomeró en el atracadero para protestar contra el jefe colombiano, y que solo la presencia del señor prefecto de la provincia, general Santiago M. Álvarez pudo contener el oleaje popular. La protesta se fundaba en la versión que corre de que el general Gutiérrez le fue desleal a su bandera en el puerto de Colón cuando los dolorosos acontecimientos de Panamá”.[8]

Tras la cobarde e ignominiosa huida de Gutiérrez, Eliseo Torres no podía creer lo sucedido. Entonces el coronel Torres dio un ultimátum pidiendo se trajeran a Colón a los generales colombianos desde Ciudad de Panamá, pues de lo contrario se tomaría Colón a la fuerza. Los estadounidenses, superintendente del ferrocarril James Shaler, el cónsul Malmros y el comandante Hubbard del Nashville, decidieron que la mejor manera de evitar un enfrentamiento armado era llevar a los generales a Colón. Una vez allí tratarían de convencerlos a todos, para que se fueran. Mandaron un cable a otro estadounidense en Ciudad de Panamá, el superintendente auxiliar Herbert Prescott y le pidieron que enviara a los generales lo más pronto posible.

En Ciudad de Panamá, poco antes del atardecer, un numeroso grupo de soldados armados escoltó a los generales Tobar, Amaya, Castro y a los demás prisioneros colombianos desde la comandancia de la policía hasta la estación del ferrocarril, donde subieron a un vagón. Sin embargo, no se permitió que soldados panameños subieran al tren para vigilar a los prisioneros. Por consiguiente, Prescott le pidió a Tobar que le diera su palabra de honor de que se iría a Colón como prisionero voluntario, que no intentaría escapar y que volvería a Colombia de inmediato. Tobar se negó categóricamente a cooperar e insistió en ir a Colón como preso que era o regresar a la comandancia de la policía. Prescott y Tobar discutieron; Tobar acusó a Prescott y a Estados Unidos de traición a Colombia, una nación amiga. Prescott telefoneó al coronel Shaler, que puso a Hubbard en la línea. Hubbard le dijo a Prescott que enviara a los generales con una escolta civil.[9]

El tipíco chafarote. En lugar de utilizar cualquier medio para regresar con sus tropas y defender la soberanía, Tobar prefiere permanencer prisionero dándoselas de honorable ante un grupúsculo insignificante de traidores, sobornados por el American Syndicate. Tan poca cosa era éste militar que no había entendido que al dejarse capturar y dejar tirados a sus hombres en Colón, ya había pérdido todo honor militar.

Justo cuando para Hubbard parecía que la situación se volvía insostenible, apareció en el horizonte el USS Dixie al mando del Capitán de Navío (commander) Francis H. Delano con el Mayor John Lejeune quien desembarcó con dos compañías  de marines.

Mayor John Lejeune Comandante del batallón de marines del USS Dixie

Un desmotivado y pusilánime Coronel Eliseo Torres, “el pobre diablo”, Jefe del Cuerpo del Batallón Tiradores con 500 hombres veteranos, armados y municionados por el hecho de estar  separado de sus superiores, no sabe como enfrentar una conspiración de los empleados del ferrocarril, apoyados por la presencia hostil de la Armada estadounidense y está última aumentada por la llegada del Dixie. Tan estúpido fue que, ante la incesante insistencia de Prescott y Porfirio Meléndez, acepta lo único que para él estaba totalmente vedado… el retirarse. La propuesta consistió en un ofrecimiento de 8 mil dólares para racionar sus tropas y retirarse pacíficamente de Colón.

Para agilizar la partida, Shaler tomó de los fondos del ferrocarril  los $8 mil dólares y ordena a José E. Lefevre, asistente de cajero de esa empresa entregar a Torres el dinero. Sin embargo había que embarcar hacia Cartagena todo el Batallón Tiradores en el buque Orinoco, un vapor propiedad de la Royal Mail Steam Packet Co. El pago de Torres consumió todo el dinero que tenía en la caja fuerte de la Panamá Railroad Company y no dejó siquiera suficiente para pagar el pasaje de las tropas, que costaba mil libras esterlinas. El agente del Orinoco le dijo a Shaler: “¿Nos va a pagar por todas esas personas que vamos a llevar?”

El estadounidense Coronel James Shaler, Superintendente del Ferrocarril de Panamá respondió:

“No tenemos dinero, pero llévelas y todo se arreglará”.

Ante lo cual el agente del Orinoco respondió:

“No puedo hacer eso; va en contra de las reglas de la compañía.”

Shaler le dijo que él mismo garantizaría el dinero. Sin embargo, el agente necesitaba un segundo aval, de modo que el Comandante Hubbard del Nashville se ofreció de

garante. Así es como la Armada de los Estados Unidos y el Ferrocarril de Panamá pagaron el retiro de las tropas colombianas, dejando el istmo en manos de los estadounidenses.

“En esos momentos llegaron algunos colombianos vecinos de la ciudad y trataron al Coronel Torres, y a su gente, de traidores y vendidos, insulto éste que indignó al Coronel Torres de tal manera que –junto a algunos soldados- salió del muelle, pero entonces intervino el general Orondaste L. Martínez, y en presencia de varias personas –entre ellas el General Pompilio Gutiérrez- explicó, en alta voz, que el dinero recibido por Torres había servido para racionar al batallón, y no para comprar su complicidad; y todo quedó arreglado”[10]

La indignación de los residentes es manifiesta. Con seguridad no eran solamente colombianos, pues ya hemos visto que nunca existió una verdadera insubordinación y toda la labor revolucionaria quedó en manos de los gringos del Ferrocarril de Panamá, los gringos del USS Nashville y el traidor de Esteban Huertas en Ciudad de Panamá. Además es narración del panameño Ismael Ortega Brandao en su Historia de Panamá que se aleja mucho de la realidad y se une a tantas obras de ficción panameñas sobre la independencia y sus próceres. La Junta Revolucionaria de Colón son 4 gatos que aparecen a última hora y en toda la ciudad no hay más sediciosos. Había más en Panamá y Federico Boyd nos cuenta que no eran cincuenta: Desde la pequeña altura en donde estábamos, podíamos distinguir como depositaban las grúas en las bodegas del buque Orinoco, las últimas municiones y algunos equipajes de los soldados. El trabajo de embarque terminó cerca de las seis de la tarde.

Según el yanqui Hubbard en cable a Washington:

“El Orinoco soltó amarras y se hizo a la mar a las 7:35pm conduciendo tropas colombianas que consistían en 474 hombres por todo, o sea 2 comandantes, 21 oficiales, 438 soldados y 13 mujeres.”

Pronto buques de guerra de la Armada estadounidense fondeaban en la bahía de Colón defendiendo la revolución del American Syndicate, Cromwell, Bunau–Varilla y Madman Teddy, e impidiendo el desembarco de refuerzos colombianos. Una vez más la Armada estadounidense defendía Panamá…… ¡pero esta vez contra la autoridad legitima colombiana!

Sobre los supuestos sobornos recibidos por el coronel Eliseo Torres, Eduardo Lemaitre afirma:

“En la indagatoria que se hizo al coronel Torres a su llegada a Cartagena, declaró haber entregado dichas sumas a las autoridades locales, menos la pequeña cantidad de doscientos, que había tomado para necesidades del servicio y transporte de sus tropas, lo cual resultó cierto.”[11]

El USS Atlanta llegó de Kingston a Colón el 7 de noviembre y por último el 15 de noviembre arribó el USS Maine. Entonces estaban en la bahía, el USS Nashville, el USS Dixie, el USS Atlanta y el USS Maine. Pero eso no era todo. Por el Pacífico también bloquearon Panamá. El USS Boston llegó a Ciudad de Panamá el 7 de noviembre, el USS Marblehead llegó el 10 con el USS Concord y el 13 de noviembre llegó el USS Wyoming. Esta acción solo se podría describir como el acto de diplomacia de las cañoneras más exitoso y descarado que el mundo haya visto jamás.

“sólo tres décimos (114 mil) de la población de 381.000 habitantes se habían sumado al movimiento separatista hasta el 6 de noviembre y únicamente seis décimos hasta el último día de dicho mes”[12]

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[1] Edmund Morris, “Theodore Rex”, Random House, Nueva York, 2002

[2] Gregorio Selser, “El Rapto de Panamá”, Granica, Buenos Aires, 1975

[3] Nov 5 de 1903, “Marines Landed at Colon”, diario The New York Tribune

[4] Edmund Morris, “Theodore Rex”, Random House, Nueva York, 2002

[5] Eduardo Lemaitre, “Panamá y su separación de Colombia”, Intermedio Editores, Bogotá, 2003

[6] Henry Hendrix, “Theodore Roosevelt´s Naval Diplomacy: The US Navy and the Birth of the American Century”, Naval Institute Press, Annapolis, 2009

[7] Javier Mejía Cubillos, “Diccionario Biográfico y Genealógico de la elite antioqueña y viejocaldense. Segunda mitad del siglo XIX y primera del XX”, Sello Editorial Red Alma Mater, Pereira, 2012

[8] Eduardo Lemaitre, “Panamá y su separación de Colombia”, Intermedio Editores, Bogotá, 2003

[9] Ovidio Díaz Espino, “How Wall Street created a Nation”, Four Walls Eight Windows, Nueva York, 2001

[10] Ismael Ortega Brandao, “La jornada del 3 de Noviembre de 1903 y sus antecedentes”, Imprenta Nacional, Panamá, 1931.

[11] Eduardo Lemaitre, “Panamá y su separación de Colombia”, Intermedio Editores, Bogotá, 2003

[12] Oscar Terán, “Del Tratado Herrán-Hay al Tratado Hay-Bunau Varilla. Historia crítica del atraco yanqui, mal llamado en Colombia la pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia”, Valencia Editores, Bogotá, 1976.