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Mariano Ospina Peña

“Buques de Guerra apresurados al Istmo” The Washington Times del 12 de septiembre

La guerra civil colombiana se había convertido en escaramuzas de guerrillas liberales sin posibilidad alguna en derrocar el gobierno, pero dados los odios, sí buscaban hacer el mayor daño posible a la administración de Marroquín. El gobierno demasiado fuerte para ser derrocado, había debilitado mucho, pero era incapaz de acabar la rebelión.

Aunque el conservatismo (históricos) siempre había sido tibio en su colaboración con el gobierno de Marroquín, nunca estuvo de acuerdo con el tiránico Arístides Fernández, quien pasó de gobernador de Cundinamarca a Ministro de Guerra, de ahí a Ministro de Gobierno y con quien se intensificó la guerra. No gustaban sus recalcitrantes decretos contra los revolucionarios, ordenado tratarlos como criminales comunes, sujetos a penas cada vez más severas, impuestas por cortes militares. Aún los conservadores críticos a tales despropósitos, arriesgaban la ira estatal.

Entonces el rebelde, Benjamín Herrera se fue a luchar en Panamá con el fin de hacerle fieros al gobierno central con sus tropas, apoyado por las huestes de

Victoriano Lorenzo. A pesar de que en octubre de 1902 Rafael Uribe Uribe firmó la paz en la hacienda Neerlandia, cerca de Ciénaga, Herrera amenazaba con negociar directamente con los yanquis, la construcción del canal a cambio de apoyo militar y económico. Incluso Carlos Lievano, representante del Partido Liberal, había estado hablando con Míster Charles Burdett Hart, el Ministro estadounidense en Bogotá, ofreciendo cerrar el trato para la construcción del canal. Al saberlo, Marroquín de inmediato solicitó la intervención estadounidense bajo las cláusulas de Tratado Mallarino Bidlack, lo curioso es que lo solicitó a través del mismo Míster Hart.

Madman Teddy” quien ya hablaba de las “liebres” en Bogotá con quienes tenía que negociar, amenazadoramente envió su armada para rondar las aguas panameñas, supuestamente, con el fin de prevenir el cierre del paso del Ferrocarril y proteger los intereses estadounidenses. Una vez en puerto, desembarcaron los “marines” y el Capitán de Navío T.C. McLean tomó posesión del Ferrocarril y advirtió perentoriamente, que no permitiría disturbios, ni en la línea, ni en las ciudades extremas, ni permitiría a las partes su uso en operaciones militares. En últimas llegó el Contralmirante Silas Casey, comandante del Escuadrón del Pacifico a bordo del buque insignia, el USS Wisconsin, quien prohibió su uso para ambas partes, desconociendo la autoridad del gobierno. Además amenazó con bombardear cualquier buque de guerra que se acercara.

No fueron suficientes las amenazas del Cónsul General con no permitir combates en Panamá o Colón, ni las exhortaciones de Uribe Uribe sino que fue necesario que

“Estados Unidos exige explicación a Colombia” The Washington Times de sept 17

los gringos sentaran las partes. Entonces la presión de Casey, sirvió para lograr la firma de un tratado de paz entre los liberales, Lucas Caballero Barrera, Eusebio Morales y el General Benjamín Herrera, y los conservadores Víctor Salazar y el General Alfredo Vásquez Cobo con lo que se logró acabar la guerra.

General Víctor M. Salazar: Digámoslo de una vez: Haber llevado la guerra al istmo fue un error, una desgracia, una calamidad nacional. Aquello carecía de objetivo patriótico. Fue la culminación de la ceguedad liberal que se agitaba en el vacío, sin orientación y sin rumbo.[1]

Una ráfaga de muerte había pasado por Colombia. Entre 75 mil y 100 mil colombianos habían muerto, ya fuera por combate, ya fuera por enfermedad. La devastación fue total. Jorge Holguín recordaba:

La nación estaba totalmente arriunada. La agricultura no daba señales de vida. Como los negocios estaban paralizados, las quiebras se multiplicaron en form extraordinaria… La vista de poblaciones devastadas, haciendas quemadas, familias enteras deambulando por doquier sin techo, alimento o vestido era desgarrador.

Colombia era una república bananera. Entre 1830 y 1902 había tenido 9 guerras civiles nacionales y 14 guerras civiles locales, dos internacionales y 2 golpes de cuartel.

Al iniciar el siglo XX, Bogotá contaba con 78 mil habitantes, las ciudades colombianas son apenas aldeas y predomina a nivel nacional la población rural.

Los campos sin cultivar estaban llenos de rastrojo y matorrales donde algunas derruidas y quemadas edificaciones quedaban en pie.[2] La infraestructura que La Regeneración había logrado construir estaba devastada al igual al resto del país. El retroceso había sido inmenso. Colombia era el país más pobre de toda América.

El dólar oro se cotizaba en octubre de 1899 a $4 pesos, para octubre de 1901 había subido a $50 pesos y para septiembre de 1902, llegaba a los $100 pesos. Las penurias del gobierno fueron fuente de utilidades para algunos y fortunas se lograron con especulaciones cambiarias, en créditos y en la venta de suministros al gobierno.

Firmantes del Tratado de Wisconsin. Izquierda a derecha Gral. Víctor M. Salazar, Gral. Alfredo Vásquez Cobo, Dr. Eusebio A. Morales, Gral. Benjamín Herrera y Gral. Lucas Caballero.

Los ricos y pudientes se encontraban en la pobreza, los pobres en la miseria. No existía producción de bienes, no existía el consumo y en el país habían 5 millones de pauperrimos habitantes. El circulante era de  mil millones, pero en el mercado negro había llegado al veintidos mil y fluctuaba frenético, entre cinco y seis mil puntos por mes, de modo que las transacciones comerciales se hacían imposibles.[3]

En todos los rincones del país había escasez de alimentos y obviamente una pésima nutrición, por lo tanto se sufría de gran insalubridad, que afectaba toda la población. En el París de 1901, Colombia era reconocida como gravemente afectada por el lepra. La mortalidad infantil era del 25%, con una expectativa de vida de treinta años. Junto con la lepra, la elefantiasis era endemica, y las epidemias transmitidas por el agua y las enfermedades contagiosas azotaban periodicamente los pueblos y ciudades. Se extendieron enfermedades contagiosas como viruela, sarampión, tifo, paludismo, disentería, tétanos y fiebre tifoidea. Se acentuaron las enfermedades causadas por el hacinamiento y promiscuidad: tuberculosis, venéreas, carbón sintomático, anemia tropical, cólera y fiebre amarilla, que amenazaban a toda la población.

En resumen, entre 1898 y 1903 se frenó el crecimiento económico y se derrumbó la inversión privada en el país. La crisis fiscal que sobrevino condujo a financiar el gobierno con emisiones monetarias, principalmente para financiar los gastos militares. Las consecuencias macroeconómicas fueron negativas: el déficit fiscal, medido en términos reales, fue el más alto del Siglo XX, la inflación alcanzó niveles por encima del 300% en 1902 y la devaluación promedio alcanzó un 166% en este mismo año.[4]

Colombia no tenía ninguna posibildad en la obtención de créditos frescos en las Bolsas de Londres o Nueva York en razón a su persistente incumplimiento en el servicio a la deuda externa por lo que mantenía un permanente desprestigio crediticio internacional. Ésta era la banana republic colombiana que tenía que negociar su soberanía y territorio con los imperialistas y poderosos, Estados Unidos.

 

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[1] Víctor M. Salazar, “Memorias de la guerra 1899-1902”, Editorial ABC, Bogotá, 1943

[2] James D. Henderson, “La Modernización en Colombia: Los Años de Laureano Gómez”, Imprenta Universidad de Antioquia, Medellín, 2006

[3] Eduardo Lemaitre, “Rafael Reyes”, Intermedio Editores, Bogotá, 2002

[4] Roberto Junguito, Hernán Rincón, “La Política Fiscal en el Siglo XX en Colombia”, Bogotá, agosto 6 de 2004